DOMINGO 19

DOMINGO XII DEL TIEMPO ORDINARIO

¿Quién dice la gente que soy yo? (Lc 9,18)

VER

¿En qué medida nuestra profesión de fe es reflejo fehaciente de lo que vivimos, decimos, pensamos y hacemos?

Pregonar en los medios y en los espacios públicos que somos “cristianos”, o “católicos”, no es suficiente; no es más que una etiqueta que sobreponemos para distinguirnos, pero no refleja, en realidad, una experiencia trascendente que nos configure de fondo o nos defina como testigos del Señor.

Resaltar lo que “somos” es como la línea fronteriza que nos mantiene a salvo (lejos y al margen) de todo lo que puede amenazar nuestra identidad, o de aquellos que no pertenecen a los parámetros de nuestra propia idiosincrasia.

Cuidamos celosamente, y defendemos con ahínco, esa autodefinición (“católico cristiano”) que hemos construido a base de dogmas, definiciones teológicas, giros conceptuales, abstracciones filosóficas y, por si fuera poco, con posturas extremadamente piadosas que, en ocasiones, rayan en un fanatismo intransigente, intolerante y, poco evangélico.

No sólo nosotros, también a Dios lo hemos encasillado en las mismas categorías. Entonces, habrá que cuestionar lo que decimos de Él y cómo lo presentamos, porque, lo que dice la gente, y de lo que habla, es todo, menos una experiencia de Dios…

ILUMNAR

Zc 12,10-11; 13,1; Gal 3,26-29; Lc 9,18-24

¿Quién dice la gente que soy yo? (Lc 9,18)

En la respuesta de los discípulos, cuando Jesús pregunta lo que la gente dice acerca de él (v. 18), asoman diferentes líneas de interpretación a las que hoy -no sólo en aquel momento- nos enfrentamos, sobre todo, cuando ponemos en la mesa de discusión nuestras convicciones de fe, las definiciones que sostienen nuestras creencias, o las posturas que se contraponen en la lucha por “tener la verdad”.

Decimos muchas cosas acerca de Jesús y, voluntariosamente, las transmitimos a los demás por medio de la predicación, la catequesis, los foros y las reflexiones teológicas…; ideas, conceptos y hasta elucubraciones que, en ocasiones, van más por la línea de una “ideología”, que por la fuente de la experiencia. Así, lo que la gente dice, acaba siendo responsabilidad nuestra, y las consecuencias de ello también, satisfactorias a veces, pero en muchas otras provocando grandes confusiones y profundas crisis de fe.

La segunda pregunta, y ustedes, ¿quién dicen que soy yo? (v. 20), es fundamental, inclusos en nuestro proceso como creyentes y seguidores del Señor, y no podrá ser respondida sin tomar en cuenta lo que Yahvé dice a través del profeta Zacarías: derramaré sobre todos ustedes un espíritu de piedad y de compasión, y volverán sus ojos hacia mía (cf. Zc 12,10). Además, resuenan y nos interpelan las palabras de Pablo: Todos ustedes son hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús (Gal 3,26).

Todo nos lleva al punto medular, principio y fundamento de la fe: Jesucristo. En él, con el Padre, y por la acción del Espíritu, vivimos, nos movemos y existimos (Hch 17,28). No hay más que volver los ojos hacia él y reconocer, con humildad, que lo que somos es la concreción de lo que creemos, pero sobre todo, la presencia viva de aquel en quien creemos.

ACTUAR

Una respuesta de fe verdadera va más allá de ideologías, opiniones contrapuestas o posturas encontradas; no puede provocar división entre nosotros, al contario, al ser revestidos en Cristo, ya no existe diferencia entre judíos y no judíos, entre esclavos y libres, entre varón y mujer, porque todos somo uno en Cristo Jesús (Gal 3,27-28).

Bautizados, católicos practicantes, agentes de pastoral, laicos comprometidos, activistas por la paz y la justicia, ministros, consagrados… Nos decimos seguidores y trabajamos por el Reino, pero, ¿realmente conocemos al Señor.

Ustedes, ¿quién dicen que soy yo? (v. 20)

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.