DOMINGO 19

SEPTIEMBRE 19 DE 2021

DOMINGO XXV DEL TIEMPO ORDINARIO

VER

La maldad, la envidia y la ambición provocan un gran desorden, no sólo en la vida personal, sino en las relaciones con el hermano, con la familia, con lo amigos más cercanos y entre los pueblos. El otro, sin serlo en realidad, se convierte en enemigo; vemos en él una amenaza por enfrentar y, de ser posible, aniquilar.

Es así que vivimos permeados por la mentira; nuestras palabras y pensamientos se tiñen de injurias y descrédito que denigran la dignidad de aquellos que no piensan como nosotros, o no comparten nuestros mismos intereses.

La verdad se oscurece y la justicia se diluye en intentos vanos que no nacen de un corazón sincero. No obstante, los pacíficos siembran la paz y cosechan frutos de justicia (Sant 3,18).

ILUMINAR

Sab 2,12.17-20; Sant 3,16-4,3; Mc 9,30-37

¿De dónde vienen las luchas y los conflictos entre ustedes? ¿No es, acaso, de las malas pasiones, que siempre están en guerra dentro de ustedes? (Sant 4,1).

Malas pasiones que nos habitan, con ellas tejemos el odio y cultivamos la envidia; tendemos una trampa al justo, porque nos molesta y se opone a lo que hacemos (Sab 2,12).

El justo tiene rostro de profeta, habla en nombre del Señor para anunciar y denunciar; en él se prefigura el compromiso que nos define como seguidores al ser ungidos en el agua bautismal con el Espíritu de la verdad: echar en cara las violaciones a la ley y reprender las faltas a los principios en que fuimos educados (cf. v. 12).

Del Espíritu aflora la sabiduría que nutre el corazón del hombre y orienta sus acciones en función del bien común y la armonía fraterna: Los que tienen la sabiduría que vine de Dios son puros ante todo. Además, son amantes de la paz, comprensivos, dóciles, están llenos de misericordia y buenos frutos, son imparciales y sinceros. Los pacíficos siembran la paz y cosechan frutos de justicia  (Sant 3,17-18)

Jesús trazó el camino que todos debemos cruzar para alcanzar el anhelo de paz; un camino con grandes retos: ser entregados en manos de los hombres, quienes, ofuscados por las malas pasiones, dan muerte (cf. Mc. 9,31).

Esto nos pone en desventaja, no lo comprendemos y nos asusta (cf. v. 32); nos negamos a escuchar la voz del Señor ocultos en el pertrecho del egoísmo y la autoreferencialidad, tratando de convencernos que, nosotros, somos más importantes que todo eso.

Pero el mismo Señor nos saca de ese profundo abismo de la inconciencia: Si alguno quiere ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos (v. 35).

ACTUAR

¿En qué pensamos todo el tiempo? ¿Qué hay en nuestro corazón?

¿En qué invertimos nuestra vida?

El Evangelio de la liturgia de hoy (Mc 9,30-37) nos cuenta que, de camino a Jerusalén, los discípulos de Jesús discutían sobre quién «era el más grande entre ellos» (v. 34). Entonces Jesús les habló de forma contundente, que también se aplica a nosotros hoy: «Si uno quiere ser el primero, sea el último de todos y el servidor de todos» (v. 35). Si quieres ser el primero, tienes que ir al final de la fila, ser el último y servir a todos. Con esta frase lapidaria, el Señor inaugura una inversión: da un vuelco a los criterios que marcan lo que realmente cuenta. El valor de una persona ya no depende del papel que desempeña, del éxito que tiene, del trabajo que hace, del dinero que tiene en el banco; no, no depende de eso; la grandeza y el éxito, a los ojos de Dios, tienen otro rasero: se miden por el servicio. No por lo que se tiene, sino por lo que se da. ¿Quieres sobresalir? Sirve. Este es el camino (Papa Francisco, Ángelus del 19 de septiembre de 2021).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.