DOMINGO 18

DOMINGO V DE PASCUA

Por este amor reconocerán todos que son mis discípulos (Jn 13,35)
  • Hch 14,21-27; Sal 144; Ap 21,1-5; Jn 13,31-33.34-35

Nos hemos habituado a una dinámica de vida marcada por la “normalización” (todo es normal) y las generalidades; las relaciones pasan por el filtro de una “igualdad” que, más allá de promover el equilibrio y armonía entre los hombres, se desfigura en una lucha fratricida por los derechos individuales (que no por las obligaciones) y una obstinada reivindicación de lo propio como único (ser, hacer, pensar, decidir, poseer).

Se rompen así el sustento fraterno de las relaciones, el sentido de comunidad, de familia, de sociedad… Los otros son enemigos a los que hay que evadir, ignorar, desplazar o desechar.

El ser humano se siente más seguro estando solo que en sociedad, está perdiendo las habilidades de convivencia, sólo se moverá y expresará, en cierta medida, con aquellos a quienes considere de su propia clase. El no hables con extraños, como lo señala Bauman, se ha convertido de una frase de protección infantil, a una coraza de protección adulta. (Jazmín Hernández. M. La modernidad líquida).

Los horizontes de la Buena Nueva son amplios y profundos, de alcances inimaginables, pero no por ello inalcanzables; son, de hecho, una posibilidad factible para todo ser dispuesto a amar con ese amor que transforma y se entrega hasta el extremo.

El mundo necesita mujeres y hombres convencidos de que el amor unifica, rompe barreras y ataduras, y hace del vivir cotidiano una experiencia de fraternidad, donde cada uno tiene un lugar dispuesto para sí; donde nadie es excluido y a todos toca hacer algo por los demás y para el bien común.

No obstante, hay posturas contrarias a ese ideal, fuerzas que van a contrapeso de una humanidad que pierde sentido, se debilita y cede ante un deterioro que parce inevitable.

El Papa Francisco, en Fratelli tutti, nos advierte que los conflictos locales y el desinterés por el bien común son instrumentalizados por la economía global para imponer un modelo cultural único. Esta cultura unifica al mundo pero divide a las personas y a las naciones, porque «la sociedad cada vez más globalizada nos hace más cercanos, pero no más hermanos» […] (n. 12) La mejor manera de dominar y de avanzar sin límites es sembrar la desesperanza y suscitar la desconfianza constante, aun disfrazada detrás de la defensa de algunos valores […] (n. 15) Cuidar el mundo que nos rodea y contiene es cuidarnos a nosotros mismos. Pero necesitamos constituirnos en un “nosotros” que habita la casa común […] (n. 17)

¿Hay acaso algo diferente, una razón que nos devuelva la esperanza, una forma de vida que se distinga del estancamiento infértil e improductivo? ¡Sí!: El amor.

Un mandamiento nuevo, que reta, renueva; que marca no sólo un horizonte distinto, sino un caminar diferente entre los hombres:

Que se amen los unos a los otros…, y por este amor reconocerán todos que son mis discípulos (Jn 13,35)

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.