DOMINGO XXXIII DEL TIEMPO ORDINARIO
- Dn 12,1-3; Sal 15; Heb 10,11-14.18; Mc 13,24-32
Tanto el libro del profeta Daniel como el evangelio de Marcos nos presentan un panorama poco esperanzador, que genera, seguramente, un ambiente de temor y desaliento: Será aquel un tiempo de angustia, como no lo hubo desde el principio del mundo (Dn 12,1). Cuando lleguen aquellos días, después de la tribulación, la luz del sol se apagará, no brillará la luna, caerán del cielo las estrellas y el universo entero se conmoverá (Mc 13,24). Por si fuera poco, el evangelista es categórico y remata: cuando vean ustedes que suceden estas cosas, sepan que el fin ya está cerca, ya está a la puerta (v. 29).
Sin embargo, y a pesar de la radicalidad de los textos, estamos invitados a hacer una lectura profunda que nos lleve más allá de lo literal; de lo contrario, no tendremos más opción que la de ser testigos de la destrucción del mundo y esperar, impasibles, la muerte, creyendo que Dios así lo dispuso y que es nuestro destino impostergable.
Las adversidades provocan muchas preguntas, porque necesitamos saber y entender lo que sucede. En estos casos no ayuda la postura mediocre y conformista de quienes “creen”, llanamente, que todo es voluntad de Dios, pues siendo así, el hombre se deslindaría de su responsabilidad y culparía, piadosa y religiosamente, a Dios.
Las “interpretaciones pietistas” y las “teologías baratas” ven en todo eso una prueba fehaciente del castigo de Dios, por nuestras culpas, provocando una visión catastrófica y pesimista de la historia, del hombre y, sobre todo, del futuro. Desde esta perspectiva todo lo que sucede (guerras, hambre, desastres naturales…) es, simple y sencillamente, un aviso de que el mundo está llegando a su fin. El panorama es desalentador: Dios, por su lado, sirviéndose de la creación para “castigar” al hombre y, por su parte, el hombre, sirviéndose de la misma creación, para confrontar a Dios y culparlo.
En el evangelio de Marcos encontramos una clave de lectura: Nadie conoce el día ni la hora. Ni los ángeles del cielo ni el Hijo, solamente el Padre(Mc 13,32). Una interpretación oportunista, aventurada y vacía, concluiría que “el fin del mundo es inminente, pero nadie sabe cuándo sucederá”. No saber, o no conocer, representa la incertidumbre que genera angustia y psicosis; un estado de pánico que paraliza, perdiendo el tiempo y la vida pensando únicamente en la muerte y el castigo, antes que vivir con plenitud. Pero este mismo no saber, desde el evangelio, posee una pedagogía que anima la esperanza y motiva al creyente a no quedarse aterrado por el miedo, porque no saber equivale a confiar en Dios; sólo él sabe cuándo y cómo.
Al respecto, Luis A. Schökel nos ofrece el siguiente análisis:
Con esto, Jesús afirma que lo importante no es alimentar la pasividad, el conformismo y el miedo, esperando la destrucción del mundo o el juicio final, sino aprender a discernir los signos de los tiempos, a leer la voluntad de Dios en todos los momentos de nuestra vida y estar vigilantes para asumir responsable y creativamente la construcción del reino de Dios.
Hay que vivir en plenitud el tiempo presente y esperar la Parusía de Jesús con gozo. No debemos preocuparnos por “la fecha” de su venida, que ya vendrá, sino por encontrarlo ahora, en medio de nuestra vida cotidiana (La Biblia de Nuestro Pueblo, comentario a Mc 13,28-37).
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

