
DOMINGO V DE CUARESMA
- Jr 31.31-34; Sal 50; Heb 5,7-9; Jn 12,20-33
Hoy, más que nunca, necesitamos –tal vez urgentemente-, mujeres y hombres que asuman un verdadero liderazgo en medio del pueblo; un liderazgo que guíe, oriente, sostenga y aliente a las comunidades, no sólo en los momentos de éxito y bonanza, sino ante la desolación, la desventura y las adversidades.
Pero no un liderazgo adquirido a base de adulaciones, componendas políticas, o acuerdos subrepticios, que mantenga a flote intereses particulares, ajenos absolutamente a las necesidades y a las expectativas de la gente.
Esos líderes son como seres extraños, lejanos y ausentes de la realidad; asincrónicos, apáticos, amorales; que se mueven con una arritmia que cansa, deteriora y claudica ante los embates del acontecer que exige e interpela. Nada en ellos encarna y asume la vida del pueblo.
Tal vez se imaginan a sí mismos como superhombres, desdeñado una cualidad que, realmente, debería caracterizarlos: definirse humanamente en todo. Comenzando por reconocer que son falibles, vulnerables, imperfectos; con necesidades y carencias, pero con una voluntad férrea de superarse y abrir caminos de esperanza junto a los demás. Con la capacidad de ser humildes, francos y realistas.
No obstante, se abre ante nosotros un panorama distinto y esperanzador, alimentado desde siempre por un referente incuestionable. Es precisamente lo que aquellos griegos (los gentiles), descubrieron en Jesús y por eso querían verlo(v. 21).
Sus convicciones no dependían de lo que a unos molestaba, o a otros fascinaba. Simplemente abrieron su corazón ante esa personalidad carismática, atractiva y convincente; ante aquella voz de la que brotaban palabras de una fuerza transformadora, cargadas de esperanza, libertad y veracidad.
Él se presenta ante ellos como un grano de trigo que debe morir para dar fruto (v. 24) y que supera el egoísmo infértil con una entrega total a los demás, hasta aborrecer lo que el mundo ofrece a manos llenas, sabiendo que el rumbo contrario, el de la negación, asegura la vida eterna (v.25).
Lo más admirable en él es que comienza por reconocer humanamente su debilidad: ¡Tengo miedo…! (v.27). Y tras el miedo, la autocrítica que lo sincera frente al pueblo y lo lleva a cuestionar su postura para discernir a fondo y, luego, remontar: ¿Le voy a decir a mi Padre: ‘Padre, líbrame de esta hora’? No, pues precisamente para esta hora he venido (v.27)
Es así como lo describe Pablo, sin componendas ni adulaciones:
Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios, al contrario, se vació de sí mismo, y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió un nombre superior a todo nombre…: ¡Jesucristo es Señor! (Fil 2,1-11).
Este líder nos llama a ser líderes con él, sirviéndole y siguiéndolo; viviendo como él vivió, para luego ser honrados por el Padre (v.26).
Su liderazgo ha sido eficiente y ha dado frutos abundantes, aprendiendo a obedecer padeciendo, y llegado a su perfección, se convirtió en la causa de la salvación eterna para todos los que lo obedecen (Heb 5,8-9).
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.
