DOMINGO VI DEL TIEMPO ORDINARIO
- Jr 17,5-8; Sal 1,1-6; 1Cor 15,12.16-20; Lc 6,17.20-26
¿En quién o en qué confiamos? La inercia de la vida nos lleva por caminos de seguridades prácticas, medibles y controlables, sobre todo eficaces; seguridades de orden material y económico.
Confiamos en lo que poseemos, o adquirimos; en títulos que nos posesionan en el trabajo, en la sociedad, o ante los amigos. Ostentamos éxitos y logros que, al final, no son más que prebendas del honor deseado…
La obstinación por alcanzar fama nos ha orillado a confiar en criterios mundanos, a tener por “horizonte” lo inmediato y “confiar” en el sutil gozo de lo efímero. Así, construimos ideales sin fondo ni sustento que, a los primeros embates de la vida, se debilitan; son como la paja barrida por el viento (Sal 1,4).
El creyente, por el contrario, confía plenamente en lo que cree; una realidad indescriptible, pero cierta, que lo trasciende y lo envuelve con su poder, pero no para dominarlo, sino para sembrar en él la esperanza y la certeza de que puede confiar en un Dios bondadoso y cercano, que se le ha revelado.
Jeremías nos advierte que la confianza puede transitar por caminos opuestos y en ellos alcanzar el destino que cada uno ha trazado para sí mismo:
- Maldito el hombre que confía en el hombre, que en él pone su fuerza y aparta del Señor su corazón. (v. 5)
- Bendito el hombre que confía en el Señor y en él pone su esperanza. (v. 7)
No es Dios quien maldice o bendice, son las decisiones tomadas a lo largo de la vida y los frutos recogidos que se convierten en desdicha-maldición, o bendición. Todo dependerá del camino que se tome.
No obstante la incertidumbre y la desdicha, el evangelio nos garantiza una alegría eterna, una dicha mayor, pero hay que caminar en sentido contrario a las certezas del mundo:
Ser pobre, tener hambre, llorar, ser odiados, expulsados, insultados y despreciados por causa del Hijo del hombre. (v. 22)
Las bienaventuranzas de Lucas acentúan la oposición entre dicha-desdicha que Jesús resuelve de manera simple y definitiva: cualquier hombre, dispuesto a seguirlo, será bendecido con la dicha, o maldecido, dependiendo del camino que haya elegido, el de la negación y la renuncia, o el de la ambición y el egoísmo.
Alégrense y salten de gozo cuando llegue ese día. (v. 23)
¿En quién o en qué confiamos? No hay duda, para el creyente, como afirma Pablo, es claro: ¡Cristo resucitado! De lo contrario, es vana nuestra fe (cf. 1Cor 15,14).
En palabras de Papa Francisco:
El discípulo, en otras palabras, acepta la paradoja de las Bienaventuranzas: estas declaran que es dichoso, es decir, feliz, quien es pobre, quien carece de tantas cosas y lo reconoce. Humanamente, se nos induce a pensar de otra manera: feliz es quien es rico, quien está lleno de bienes, quien recibe aplausos y es envidiado por muchos, quien tiene todas las seguridades. Pero este es un pensamiento mundano, no es el pensamiento de las Bienaventuranzas. Jesús, por el contrario, declara que el éxito mundano es un fracaso, ya que se basa en un egoísmo que infla y luego deja un vacío en el corazón. Ante la paradoja de las Bienaventuranzas, el discípulo se deja poner en crisis, consciente de que no es Dios quien debe entrar en nuestras lógicas, sino nosotros en las suyas. Y esto requiere de un camino, a veces fatigoso, pero siempre acompañado de alegría. Porque el discípulo de Jesús es alegre con la alegría que le viene de Jesús. (Ángelus del 13 de febrero de 2021).
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

