DOMINGO 16

DOMINGO XXIX DEL TIEMPO ORDINARIO

  • Ex 17,8-13; Sal 120; 2Tim 3,14-4,2; Lc 18,1-8
Hazme justicia contra mi adversario (V. 3)

Lectura del santo Evangelio según San Lucas

Lc 18, 1-8

En aquel tiempo, para enseñar a sus discípulos la necesidad de orar siempre y sin desfallecer, Jesús les propuso esta parábola:

«En cierta ciudad había un juez que no temía a Dios ni respetaba a los hombres. Vivía en aquella misma ciudad una viuda que acudía a él con frecuencia para decirle: ‘Hazme justicia contra mi adversario’.

Por mucho tiempo, el juez no le hizo caso, pero después se dijo: ‘Aunque no temo a Dios ni respeto a los hombres, sin embargo, por la insistencia de esta viuda, voy a hacerle justicia para que no me siga molestando’ «.

Dicho esto, Jesús comentó: «Si así pensaba el juez injusto, ¿creen acaso que Dios no hará justicia a sus elegidos, que claman a él día y noche, y que los hará esperar? Yo les digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿creen ustedes que encontrará fe sobre la tierra?»

Palabra del Señor.

SIEMPRE Y SIN DESFALLECER

De vez en cuando nos vendría bien reflexionar, con toda seriedad, en torno a nuestro modo de orar: ¿Cuándo y cómo lo hacemos? ¿Por qué y para qué?; pero, sobre todo, qué repercusiones tiene en nosotros y en los demás.

El problema es que nuestra oración no siempre va más allá del pedir y rogar -a Dios por supuesto- aquello que, en un momento determinado o en una situación eventual, se nos ofrece. Así, oramos cuando “nos nace”, o cuando algo urgente se nos atraviesa por el camino y consideramos que la mejor solución es acudir a Dios.

Esto, ciertamente, es un aspecto habitual en la práctica de la oración, pero no lo es todo, y deja de tener sentido si no se convierte en experiencia orante, constante, profunda, perseverante, incansable…

Una oración que fortalezca la voluntad, para mantener los brazos en alto, hasta el final (cf. Ex 17,12); una oración que se alimente de la Palabra y, en consecuencia, nutra la vida del creyente, porque ella es útil para enseñar, para reprender, para corregir y para educar en la virtud, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y esté enteramente preparado para toda obra buena (2Tim 3,16-17).

Es necesario orar siempre y sin desfallecer (Lc 18,1), hasta conseguir que la oración sea el detonante del cambio y la transformación de la sociedad; que su fuerza repercuta en la construcción de la justicia y en mantener la certeza de que Dios nos hará justicia sin tardar (v. 8).

La pregunta que nos invita a la reflexión es ésta: Cuando venga el Hijo del hombre, ¿creen que encontrará fe sobre la tierra? (v. 8).

El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra (Sal 120,2).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.