DOMINGO II DEL TIEMPO ORDINARIO

- Is 49,3.5-6; Sal 39; 1Cor 1,1-3; Jn 1,29-34
Las experiencias más gratas y significativas de nuestra vida, sobre todo aquellas que, al pasar del tiempo, se han convertido en proyectos definitivos, surgieron, sin lugar a duda, de un encuentro, o de algunos encuentros; momentos inadvertidos e imprevistos que nos sorprendieron con la magia de la co-incidencia, provocando en nuestro interior un movimiento de atracción, deseo y satisfacción.
Encuentros con personas que ahora son nuestra pareja, con la que hemos construido una familia, o con quien, simplemente, somos felices; un amigo en particular, a quien hemos confiado nuestra vida y nuestra más profunda intimidad; o la comunidad de hermanas y hermanos a la que pertenecemos, donde hemos hecho realidad nuestras opciones de vida. Del modo que sea, a través del encuentro con ellos, nuestra viada ha cobrado un sentido distinto, más pleno y definitivo.
La comunidad eclesial, comunidad de hermanos a la que pertenecemos y en la que nos reconocemos como seguidores del Señor, hermanos suyos e hijos de Dios, también ha nacido de un encuentro: Este es el Cordero de Dios… (Jn 1,29).
Del testimonio de Juan, de su propio encuentro con Jesús, somos guiados para descubrir la manifestación más plena y veraz que nos revelará el único camino hacia la verdad:
Aquel sobre quien veas que baja y se posa el Espíritu Santo, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo. Pues bien, yo, lo vi y doy testimonio de que éste es el Hijo de Dios Jn 1,33-34).
Todo comenzó con una experiencia -dice Edward Schillebeeckx- Todo comenzó, efectivamente, con un encuentro. Unos hombres, judíos, entraron en relación con Jesús de Nazaret y, fascinados, permanecieron a su lado. En virtud de ese encuentro, y a causa de lo que aconteció en su vida, y más tarde, en su muerte, su vida adquirió un sentido nuevo, un nuevo significado. Se sintieron regenerados y comprendidos. Su nueva identidad se expresó en un entusiasmo renovado por el reino de Dios y, por tanto, en una solidaridad análoga con los demás, con el prójimo, tal y como Jesús la había vivido ante ellos […][1]
Hoy, esas mismas palabras de Juan, se repiten constantemente, en cada celebración y en cada acontecimiento eclesial importante. Pero, ¿son realmente la confirmación de un encuentro? ¿A partir de ellas se reconfigura nuestra vida y se transforma, como la de aquellos discípulos de los orígenes?
Si así es, la bendición de Pablo a los corintios, se extiende a nosotros y nos bendice:
A todos ustedes, a quienes Dios santificó en Cristo Jesús y que son su pueblo santo, así como a todos aquellos que en cualquier lugar invocan el nombre de Cristo Jesús, Señor nuestro y Señor de ellos, les deseo la gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y de Cristo Jesús, el Señor (1Cor 1,2-3)
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.
[1] Schillebeeckx, E. (1983). En torno al problema de Jesús. Claves de una Cristología. Ed. Cristiandad. Madrid. p. 23.
