DOMINGO 14

Hemos sido ungido con el Espíritu Santo prometido (Ef 1,13)

DOMINGO XV DEL TIEMPO ORDINARIO

  • Am 7,12-15; Sal 84; Ef 1,3-14; Mc 6,7-13

Las palabras de Amós pueden ser hoy el perfil que describe lo que somos y, sobre todo, lo que estamos llamados a serYo no soy un profeta ni hijo de profeta, sino pastor y cultivador de higos. El Señor me sacó de junto al rebaño y me dijo: Ve y profetiza a mi pueblo, Israel (v. 15)

Amos se enfrentó a una sociedad que lo rechazaba y desacreditaba como profeta y, así, rechazaban las advertencias y las palabras de Yahvé pronunciadas por él, haciendo caso omiso a su voluntad. Al rechazar al profeta rechazaban a Dios mismo. A pesar de ello, se mantuvo fiel a su misión.

Del mismo modo, Jesús envió a sus discípulos (Mc 6,7) y ese envío se actualiza en nosotros, en cada momento y en cualquier circunstancia. Con el mismo poder que brota de la Buena Nueva, somos enviados a ofrecer esperanza y libertad, en medio de un mundo marcado por la maldad, la violencia, el dolor y la desesperanza.

Es cierto que también nos enfrentaremos al rechazo, a no ser recibidos ni escuchados; si así fuese, hay que evitar las discusiones inútiles e infructuosas, bastará con sacudirse el polvo de los pies, como advertencia, pero también como señal de libertad y distanciamiento de lo que nos puede atar y corromper (cf. v. 11).

La misión no depende de las cosas materiales (cf. Mc 6,8-9) que, a veces, condicionan las decisiones que tomamos o las acciones que emprendemos. No es necesario llevar nada (v. 8), porque ya el Padre nos ha bendecido con toda clase de bienes espirituales y celestiales; ha prodigado sobre nosotros el tesoro de su gracia, con toda sabiduría e inteligencia, dándonos a conocer el misterio de su voluntad (Ef 1,3.7-9)

Como los profetas de Israel y como los discípulos del Señor, hemos sido ungido con el Espíritu Santo prometido (Ef 1,13), que nos impulsa a predicar la conversión, expulsar el mal y curar las enfermedades que degeneran al hombre y los deshumanizan.

Que nuestro canto de esperanza y libertad en medio de los pueblos, sean las mismas palabras del salmista:

La misericordia y la verdad se encuentran, la justicia y la paz se besan; la fidelidad brota de la tierra y la justicia viene del cielo (Sal 84,11-12).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.