DOMINGO III DE PASCUA

- Hch 3,13-15.17-19; Sal 4; 1Jn 2,1-5; Lc 24,35-48
Carecemos, en lo personal y en lo colectivo, de aspectos fundamentales que nos permitirían gozar de una vida plena y feliz: paz interior, y exterior por supuesto; experiencias de amor profundo y verdadero, presencias que acompañan y sostienen; valores que den solidez a nuestra forma de pensar y actuar, una relación cercana y realista con Dios.
La carente relación con Dios nos confronta con su ausencia, aunque no querida ni provocada por él – ¡Dios no se ausenta! -, sino por la sistemática negación del hombre a creer en él y aceptarlo, al grado de preferirlo muerto. No contar con él pareciera un acto supremo de la libertad humana y su autodeterminación. Si bien esto es cierto, también es cierto que, al tomar tal decisión, se extirpa de la condición humana el rasgo más profundo que nos permite ser lo que somos: seres vivos creados a imagen y semejanza suya (cf. Gn 1,27;2,7).
Su ausencia es nuestra lejanía y tan lejano está, que no lo conocemos. Y este desconocimiento provoca una sensación de orfandad y una tensión que nos lanza en su búsqueda y, al no encontrarlo en la lejanía, lo inventamos, lo construimos a nuestro modo, lo definimos en abstracto, de tal modo, que complicamos aún más la relación con él y, entonces, diseñamos religiones para defendernos de él (Benjamín Forcano) y desentendernos de su voluntad.
Pero Dios nunca nos deja solos, él nunca nos abandona (cf. Heb 13,5). Por medio de Jesús, su Hijo, se hace presente entre nosotros y por más que las estructuras humanas hayan intentado deshacerse de él, hasta crucificarlo, dando muerte al autor de la vida, Dios lo resucitó de entre los muertos (Hch 3,15).
La resurrección es presencia y cercanía, en ella se recupera la paz y se disipan los miedos y las dudas; por medio de ella Jesús hace comprensible lo incomprensible y pone al alcance del hombre lo que parecía inalcanzable: Se deja ver, se deja tocar y pide de comer… (cf. Lc 24,36-39).
La presencia de Dios, como la de Jesús, se verifica en lo cotidiano, en la vida que fluye a través nuestro. Dios, como Jesús, no es un fantasma (cf. Lc 24,37) que se diluye en el razonamiento etéreo, o se pierde en la inexistencia.
Dios, como Jesús, está en el pan que se comparte, en el abrazo que acoge, en la ternura de un beso, en el perdón sincero: En esto tenemos una prueba de que conocemos a Dios, en que cumplimos sus mandamientos… En aquel que cumple su palabra, el amor de Dios ha llegado a su plenitud, y precisamente en esto conocemos que estamos unidos a él (1Jn 2,3.5).
Frente a tantas carencias, individuales y colectivas, del hombre y la sociedad contemporáneos, estamos llamados a predicar a todas las naciones…, la necesidad de volverse a Dios para el perdón de los pecados (Lc 24,47)
¡Nosotros somos testigos de esto! (Hch 3,15; Lc 24,48)
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.
