DOMINGO II DEL TIEMPO ORDINARIO

- 1Sam 3,3-10.19; Sal 39; 1Cor 6,13-15.17-20; Jn 1,35-42
La Palabra de Dios se revela en la historia humana, por medio de hombres, en épocas diferentes y bajo circunstancias concretas. Hay un decir de Dios que responde a los interrogantes del hombre, a sus dudas e inquietudes; así, da a conocer sus designios y revela su voluntad para que el pueblo sepa lo que Dios quiere de él y vivía en consecuencia.
Ante esa palabra que se revela, el creyente toma postura, aceptándola o rechazándola. Del rechazo viene la ausencia de Dios, la soledad absoluta, la vida sin esperanza. De la aceptación viene el seguimiento, la adhesión libre, incondicional y definitiva; la pertenencia filial a Dios, la entrega amorosa y el compromiso que se asume hasta las últimas consecuencias.
A veces, tenemos que aprender a escuchar, como Samuel (1Sam 3,9); o dejarnos guiar por otros, como Simón Pedro (Jn 1,40); o descubrir que en lo más profundo de nosotros habita esa Palabra, como lo advierte Pablo (cf. 1Cor 6,19).
Del modo que sea, la revelación sigue un proceso que nos involucra: una palabra, la de Dios, que se pronuncia y algo nos quiere decir; una vez pronunciada, viene la escucha, del creyente, en medio del silencio y la contemplación. Por último, a la escucha le sigue la aceptación, el seguimiento y el compromiso.
De una época a otra las circunstancias cambian, y aunque la actitud humilde y decidida, como Samuel, debe ser igual en nosotros: Habla, Señor; tu siervo escucha (1Sam 3,10), es necesario descubrir que Dios ya no dirige su palabra al interior de los templos (1Sam 3,3); ni se deja ver en persona, como a Andrés y a los discípulos del bautista: Éste es el Cordero de Dios (Jn 1,35). Él, habita entre nosotros (Jn 1,14).
Ahora, seducidos por esa presencia eterna, en medio de nuestras búsquedas e inquietudes, necesitamos preguntar con humildad: ¿Dónde vives? (Jn 1,38). Vengan a ver (v. 39), nos dice en cada momento y circunstancia, ¿o es que no saben ustedes que su cuerpo es templo del Espíritu Santo, que han recibido de Dios y habita en ustedes? (1Cor 6,19).
Dios nos sigue hablando, hay que escucharlo; continúa llamándonos por medio de su Hijo y del hermano, hay que seguirlo, y en quienes hemos sido ungidos con el Espíritu, no importando la condición, las opciones o las preferencias, él habita en nosotros, hay que descubrirlo.
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.
