DOMINGO 13

Sólo una cosa te falta…
(v. 21)

DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO

  • Sab 7,7-11; Sal 89; Heb 4,12-13; Mc 10,17-30.

La vida eterna se construye y se alcanza comenzando desde abajo, en el aquí y ahora de nuestra finitud; no es recompensa por alcanzar, sino camino por recorrer, hombro a hombre con el hermano, en medio de los retos cotidianos, de las adversidades y en tensión con nuestras propias debilidades e inconsistencias.

Podemos idealizar nuestras acciones en función de una eternidad idílica, y hacer de ellas sólo un cumplido puntual y medido, sin mayor repercusión en el entorno, en las relaciones, o en lo ordianrio. Pero entonces, sumergidas en el ego, se disuelven inevitablemente y nos desilusionan, a tal punto, que la misma pregunta se repetirá en cada intento: ¿Qué debo hacer para alcanzar la vida eterna? (v. 17). Esa necia y obstinada repetición nos impide inferir la única respuesta: amar en las coyunturas ordinarias, en los pliegues de la realidad, en las confrontaciones de la fe, en la refriega de la vida, en la duda y en la incertidumbre.

La vida eterna brota como retoño en el terreno de los mandamientos que, indefectiblemente, nos ponen de frente al otro, al hermano, como quiera que éste sea: No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio, no cometerás fraudes, honrarás a tu padre y a tu madre (v. 19).

La vida eterna destella en el rostro de los amores cotidianos y se detona, como posibilidad factible, en la osadía de ir más allá: vender todo para ser libres y abrazar con misericordia y generosidad a los pobres (cf. v. 21).

La vida eterna no es cuestión de razonamientos, sino de opciones fundamentales, y en este caso, la opción por los pobres es primordial.

El deseo por la vida eterna comienza con las renuncias a las que más nos resistimos y de las que, sin lugar a duda, según el evangelio, recibiremos grandes recompensas:

Nadie que haya dejado casa, o hermanos o hermanas, o padre o madre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, dejará de recibir, en esta vida, el ciento por uno en casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y tierras, junto con persecuciones, y en el otro mundo, la vida eterna (vv. 29-30)

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.