DOMINGO 13

DOMINGO II DE CUARESMA

¡Escúchenlo! (v. 35)

VER

Inmersos en las redes de la comunicación, si no es que atrapados en ellas, recibimos una incalculable cantidad de información (falsa, verdadera, manipulada, clara, incierta, a medias, imprecisa, objetiva…), en cuestión de segundos. Consumimos toda esa información, pero apenas tenemos tiempo de procesarla y, menos aún, de hacernos una idea, medianamente clara, de la realidad.

Oímos a nivel sensorial, epidérmico, los ruidos del mundo: gritos y lamentos, el llanto de la gente; el gozo de las masas y los cantos de victoria; las injurias de unos contra otros, el desprecio y la agresión verbal; las opiniones que a veces aplaudimos, o desdeñamos, sin tomar postura ante ellas.

En fin, oímos pero no escuchamos. Nos resistimos a hacer nuestro aquello que nos interpela; de lo contrario, tendríamos que movernos, salir de nosotros mismos, renunciar a ciertas cosas y comenzar a optar, tomar decisiones que nos obligarían, seguramente, a cambiar el rumbo y transformarnos radicalmente.

¿Qué escuchamos y cómo escuchamos?

ILUMINAR

Gn 15,5-12.17-18; Sal 26; Fil 3,17-4,1; Lc 9,28-36.

Sin dejar de pertenecer a esta tierra, insertos en el devenir de la historia y de la vida, protagonistas y testigos de todo lo que acontece en lo cotidiano, Pablo nos recuerda que también somos ciudadanos del cielo (Fil 3,20). Así, nuestra vida como creyentes, se configura desde ambas dimensiones y de cada una obtenemos algo: los fundamentos de lo que somos (mundo) y las razones de lo que deseamos (cielo).

En Abraham, como descendientes suyos, recibimos una tierra vasta y fértil, garantía de seguridad, pertenencia y sustento; signo de la Alianza con Yahvé que nos convierte en se pueblo. Del cielo, en cambio, dice Pablo, esperamos que venga nuestro Salvador, Jesucristo. Él trasformará nuestro cuerpo miserable en cuerpo glorioso, semejante al suyo… (Fil 3,21).

Cuando el hombre abre su corazón a la palabra de Dios y se deja penetrar por ella, viene transformado, como Abraham, en padre de muchos; como Jesús, en el Hijo amado, el elegido (Lc 9,35), y nosotros, que esperamos la salvación, al acoger la Palabra hecha hombre, escuchándola, nos transfigura, asemejándonos a él.

Pero, ¿qué hace de Jesús un hombre distinto, transfigurado, que pueda hacer en nosotros lo mismo?: Su relación con el Padre y su modo de orar.

Mientras oraba, su rostro cambió de aspecto y sus vestiduras se hicieron blancas y relampagueantes  (v. 29).

ACTUAR

¿Qué escuchamos y cómo escuchamos? ¿Oramos? ¿Cómo oramos?

Atrapados en las redes y sobrepasados por tanta información, es difícil distinguir aquello que da sentido a nuestra vida y colma las carencias y los vacíos del corazón.

Pero, en medio de la duda, la confusión y el desconcierto, él aparece como luz que ilumina y referente que guía:

Este es mi Hijo, mi escogido ¡Escúchenlo! (v. 35).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.