DOMINGO 13

DOMINGO XI DEL TIEMPO ORDINARIO

VER

Cada uno aspira a ser grande, alcanzar los más profundos sueños o los más altos ideales; para ello, es necesario sembrar, echar raíces, tener fundamentos sólidos, capaces de sostener todo lo que vamos construyendo a lo largo de la vida hasta llegar al punto culminante.

Nuestra vida, la de cada uno, es tierra generosa, siempre dispuesta a recibir los nutrientes necesarios, y las semillas, para producir frutos. En un tiempo, hubo quien sembró en nosotros y cuidó de mantener limpio el terreno; después, nosotros mismos, decidimos qué semillas sembrar y cómo cuidar de ellas; semillas buenas, o semillas malas, que, como sea, ambas crecen y dan fruto.

¿Sabemos lo que hay en nosotros? ¿Vemos y conocemos los frutos que producimos?

ILUMINAR

Ez 17,22-24; 2Cor 5,6-10; Mc 4,26-34.

El Reino de Dios es como una semilla que se siembra; luego germina, crece y da fruto y, sin saberlo cómo, se convierte en el más grande de los arbustos (Lc 4,26.32)

El reino de Dios se asemeja a la vida, se hace parte de ella e, incluso, madura a su ritmo, como una semilla. No es un Reino que sobreviene y se impone, sino que, en el silencio de la noche y en la discreción del tiempo (cf. v. 27), penetra el corazón del hombre, crece por sí solo y da fruto.

Nosotros somos la tierra que, en ocasiones, niega su fértil entraña a la semilla del Reino. Tal vez porque nuestras aspiraciones son otros y nuestros ideales también. 

El Reino es generoso y echa raíces en los corazones que lo acogen y lo hacen suyo; si permitimos que brote, seremos como árboles con grandes ramas, donde los pájaros pueden anidar a su sombra (v. 32).

ACTUAR

Caminamos guiados por la fe, sin ver todavía…, nos advierte Pablo en su carta a los Corintios (6,7) y el Papa Francisco, nos anima a escuchar la Palabra de modo distinto, confiando que, como semilla, crecerá hasta dar grandes frutos:

Queridos hermanos y hermanas, con esta parábola Jesús quiere infundirnos confianza. De hecho, en muchas situaciones de la vida puede suceder que nos desanimemos al ver la debilidad del bien respecto a la fuerza aparente del mal. Y podemos dejar que el desánimo nos paralice cuando constatamos que nos hemos esforzado pero no hemos obtenido resultados y parece que las cosas nunca cambian. El Evangelio nos pide una mirada nueva sobre nosotros mismos y sobre la realidad; pide que tengamos ojos grandes que saben ver más allá, especialmente más allá de las apariencias, para descubrir la presencia de Dios que, como amor humilde, está siempre operando en el terreno de nuestra vida y en el de la historia (Angelus, junio 13/2021).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.