DOMINGO 12

¿Qué hacen allí parados mirando al cielo? (Hch 1,11).

DOMINGO VII DE PASCUA

LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

  • Hch 1,1-11; Ef 4,1-13; Mc 16,15-20

Las ausencias, perennes e irrecuperables, son inexplicables; nos resistimos a aceptarlas porque no las comprendemos. Propios y extraños se van y no vuelven jamás. Mueren, desaparecen y algunos nunca dicen adiós.

No hay huella de ellos en el devenir de los días, tampoco en el ambiente que nos envuelve; sólo recuerdos que se esfuman con el tiempo. ¿Alguien se los ha llevado?

Borrosamente describimos sus rostros y apenas desciframos el tono de su voz… Pero aquí estamos, viviendo, transidos de su memoria, cultivando en el corazón la esencia de su pasado.

Sorprendidos, el amor nos revela que hay algo de ellos reflejado en las miradas; palabras precisas que ahora se convierten en punto de referencia, consejos amorosos resonando en la soledad. En el silencio del corazón, una voz murmura: No temas, es necesario que me vaya para que tú crezcas…

En Hechos (1,1-11), Lucas narra cómo los discípulos, mientras miraban fijamente al cielo, viendo a su Señor alejarse, se presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: Galileos, ¿qué hacen allí parados mirando al cielo? (vv. 10-11).

Él se fue, una nube lo ocultó a sus ojos (v. 9). ¿Los había abandonado? ¿Qué sentido podría tener la resurrección si, de cualquier manera, ya no estaría con ellos? No comprendieron y, ofuscados, se quedaron mirando fijamente al cielo (v. 10).

El Señor había sido claro: les conviene que yo me vaya. Si no me voy, no vendrá a ustedes el Defensor, pero si me voy lo enviaré a ustedes (Jn 16,7). El tiempo del Señor había terminado para dar paso al tiempo del Espíritu y, con él, al tiempo de los bautizado que se convierten en testigos suyos:

Cuando el Espíritu Santo descienda sobe ustedes, los llenará de fortaleza y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los últimos rincones de la tierra (Hch 1,8).

En la ascensión de Jesús subyace una pedagogía que nos enseña a caminar sin depender de su presencia física (les conviene que yo me vaya),para poner en práctica, nosotros, sus palabras y su proyecto. No se trata de restaurar soberanías contando con su presencia (Hch 1,6), sino de reconstruir el mundo y rescatar al hombre sometido a las esclavitudes:

Estos son los milagros que acompañará a los que hayan creído: arrojarán demonios en mi nombre, hablaran lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos, y si beben un veneno mortal, no les hará daño; impondrán las manos a los enfermos y estos quedarán sanos (Mc 16,17-18).

La realidad del mundo nos apremia, necesitamos dejar de mirar al cielo y bajar la mirada, ver, escuchar y acoger el sufrimiento y el dolor de tanta gente. Los que se han ido no volverán, pero no podemos quedarnos sin hacer nada por los que viven y están junto a nosotros y por los que están en los confines del mundo (Hch 1,8). La unción con el Espíritu nos ha convertido en testigos y constructores de una humanidad nueva:

Cada uno de nosotros ha recibido la gracia en la medida en que Cristo se la ha dado. Por eso dice la Escritura: “Subiendo a las alturas, llevó consigo a los cautivos y dio dones a los hombres” […] Concedió a unos ser apóstoles; a otros, ser profetas; a otros, ser evangelizadores; a otros, ser pastores y maestros. Y esto, para capacitar a los fieles, a fin de que, desempeñando debidamente su tarea, construyan el Cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a estar unidos en la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios, y lleguemos a ser hombres perfectos, que alcancemos en todas sus dimensiones la plenitud de Cristo (Ef 4,7.10-11).

¿Qué hacemos allí, parados sin hacer nada, mirando al cielo?

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.