DOMINGO XXXII DEL TIEMPO ORDINARIO

- Sab 6,12-16; Sal 62; 1Tes 4,13-18; Mt 25,1-13
Cada uno tiene una razón por la cual vivir, algo, o alguien, que da sentido a lo que somos y lo que hacemos; respecto de eso enfocamos nuestros esfuerzos, las intenciones más profundas de la voluntad y canalizamos nuestras decisiones en sintonía y coherencia con ese objetivo.
Así, poco a poco, construimos un proyecto de vida al que integramos una serie de factores indispensables para sostenerlo y mantenerlo en una dinámica constante, hasta llevarlo a su culmen: tiempo, presupuesto, capacidades, recursos…, que nos obligan a calcular y prever.
Sabemos que si no tenemos un panorama claro y objetivo corremos el riesgo de fracasar, dejar todo eso que hemos iniciado en el abandono y enfrentarnos a la terrible consecuencia de haber perdido oportunidades. Encontrar puertas cerradas definitivamente (cf. Mt 25,10).
El Reino de los cielos se asemeja a esta dimensión de lo humano, donde entran en conflicto el descuido y la previsión; la laxitud y la entereza de la voluntad. Todo depende de qué tan importante y central sea la relación con Dios y qué lugar ocupe en nuestras vidas.
El corazón del hombre se mueve en función de aquello que lo seduce y le es significativo realmente; de aquello que colma sus deseos más hondos y define las búsquedas más inciertas en el camino de la fe y la madurez:
Señor, tú eres mi Dios, a ti te busco; de ti sedienta está mi alma. Señor, todo mi ser te añora como el suelo reseco añora el agua (Sal 62,1).
Buscamos a Dios incansablemente; ese Dios que ya ha vendido a buscarnos y sólo queda que nos encontremos con él. Pero hace falta conocerlo para no equivocar la intención, alimentarnos de la sabiduría que procede de su Palabra y de su Espíritu para reconocerlo en medio de tantos rostros que no son el suyo. Una sabiduría que sólo podrá ser apreciada a través de una mirada contemplativa y clara:
Radiante e incorruptible es la sabiduría;
con facilidad la contemplan quienes la aman
y ella se deja encontrar por quienes la buscan
y se anticipa a darse a conocer a los que la desean.
El que madruga por ella no se fatigará,
porque la hallará sentada a su puerta (Sab 6,12-14).
Pero, estemos preparados, porque no sabemos ni el día ni la hora (Mt 25,13). No saber no implica que no estemos listos; es indispensable estar preparados con lámparas encendidas y atentos para despertar de los sueños (cf. v. 5) que a veces nos vencen. Despertar y emprender el camino del encuentro gozoso apenas escuchemos el grito: ¡Ya viene el esposo! (v. 6).
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.
