DOMINGO VI DEL TIEMPO ORDINARIO

(Mt 5,20).
- Sir 15,16-21; Sal 118; 1Cor 2,6-10; Mt 5,17-37
Una justicia mayor que la de escriba y fariseos
Sobre el mundo pesan una serie de injusticias que dañan, hieren y ponen en riesgo la dignidad del hombre. Subyace en todo ello una sistemática incapacidad de poderes y autoridades para dar cumplimiento y plenitud a la ley (cf. Mt 5,17). Abolir una ley, cualquiera que sea, significa abolir y anular la responsabilidad y el compromiso social que le es inherente.
En los terrenos de la injusticia se gesta la violencia, que crece y se propaga incontenible. Una violencia que se ejerce de múltiples maneras sobre niños, mujeres y hombres, trabajadores, ancianos, migrantes: matando, robando, violando, mintiendo, engañando, despojando…
En medio de ese panorama sin esperanza, las palabras de Jesús marcan la diferencia: No crean que he venido a abolir la ley o los profetas; no he venido a abolirlos, sino a darles plenitud (v. 17), y nos advierte: Les aseguro que si su justicia no es mayor que la de los escriba y fariseos, ciertamente no entrarán ustedes en el Reino de los cielos (Mt 5,20). Es decir, a partir de ahora hay que actuar y proceder en el sentido contrario a lo establecido, mirara más allá de un mandato escrito sobre papel y luchar por una justicia cierta y verdadera.
El discurso de Mateo, a lo largo del evangelio, es una clara propuesta por una justicia mejor (cf. Giuseppe Segalla), que, en este texto en particular, se plasma en seis antítesis lanzadas por Jesús y que no consisten en un simple y llano conocimientos de los mandatos, sino en un movimiento de la conciencia que debe lanzarse a buscar y descubrir otros derroteros.
Los mandamientos, desde la perspectiva de Jesús, no se reducen a una simple dialéctica entre matar-no matar; cometer-no cometer adulterio; repudiar-no repudiar; jurar en falso-no jurar en falso…, sino que, yendo del “han oído” de siempre a la novedad del “yo les digo”, desentraña toda la violencia que implica la omisión de un mandato y las injusticias, sociales y morales, que se desatan contra el prójimo (mismas que Mateo tiene el cuidado de explicitar: vv. 21-32).
No se trata sólo de cumplir por cumplir, porque se corre el riesgo de atarse a la mera satisfacción personal. Lo fundamental es querer vivir según la voluntad del Padre:
Si tú lo quieres, puedes guardar los mandamientos;
permanecer fiel a ellos es cosa tuya.
El Señor ha puesto delante de ti fuego y agua;
extiende la mano a lo que quieras.
Delante del hombre están la muerte y la vida;
le será dado lo que él escoja.
Es infinita la sabiduría del Señor;
es inmenso su poder y él lo ve todo.
Los ojos del Señor ven con agrado
a quienes lo temen;
el Señor conoce todas las obras del hombre.
A nadie le ha mandado ser impío
y a nadie le ha dado permiso de pecar. (Sir 15,16-21)
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.
