DOMINGO XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO

VER
Entreverados en el horizonte urbano, afloran monumentos teñidos de historia, su sola presencia nos recuerda el pasado. Sin voz propia, su caprichosa estructura habla de victorias de héroes y pueblos; ensalzan y honran la justicia, la libertad, la igualdad, la soberanía y las conquistas de la razón, de la ciencia o del poder.
No obstante su grandeza, en ellos no hay vida; de sus piedras talladas y perfectas no emana libertad, justicia, o dignidad. Son memoriales que nos seducen y, llegado el momento, celebramos a sus pies la independencia de un pueblo, el final de la esclavitud, el surgimiento de una nación, pero ninguno grita conminando a la libertad o a la razón. Son, sólo eso, monumentos.
De igual manera, cuando vivimos del pasado y de las propias glorias, corremos el riesgo, de que nuestras ideas, palabras, deseos y los más grandes ideales se conviertan en monumentos, apariencia, recuerdos…
ILUMINAR
Is 50,5-9; Sal 114; Sant 2, 14-18; Mc 8,27-35.
Hermanos míos, ¿de qué le sirve a uno decir que tiene fe, si no lo demuestra con obras? ¿Acaso podrá salvarlo esa fe? (Sant 2,14).
La fe es un actuar constante, una toma de postura, eficaz y creativa, ante las realidades del mundo y las necesidades del hermano (cf. vv. 15-16); nos mueve, y nos rescata del letargo que la indecisión, el miedo o la apatía provocan en el corazón. Una fe que, si no se traduce en obras, está completamente muerta (v. 17).
La fe es un reto, subyace en ella un sí definitivo que pone a la persona sobre un camino inadvertido, sin regreso. La Palabra creadora del Señor compromete y transforma, cambia el rumbo de la historia y se convierte en proyecto de vida: El Señor Dios me ha hecho oír sus palabras y yo no he opuesto resistencia, ni me he echado para atrás (Is 50,5).
En la fe que aflora del encuentro con Dios no hay cabida para las apariencias, el miedo o la indiferencia, sólo la certeza de que él nos ayuda y no quedaremos confundidos (cf. v. 7).
Porque, cercano está de mí el que me hace justicia, ¿quién luchará contra mí? ¿Quién es mi adversario? ¿Quién me acusa? Que se me enfrente… (Is 50,8).
El creyente debe saber con claridad en qué Dios cree. Por eso, la pregunta de Jesús penetra lo más profundo de las convicciones y las certezas: Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo? (Mc 8,29). La respuesta no sólo implica reconocer que él es el Mesías, sino asumir el mismo destino y estar dispuestos a todo:
El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará (vv. 34-35).
ACTUAR
Como Pedro, tal vez intentemos disuadirnos (cf. v. 32) para desistir de los compromisos del Reino, o vivir aparentando con buenas intenciones, sin hacer realmente nada por el hermano (cf. Sant 2,18).
Que nuestra fe en el Señor Jesús, genere compromisos de misericordia, para que no se convierta en monumento, frío e inamovible, de la apariencia, la sinrazón y la esterilidad.
Quizá alguien podría decir: Tú tienes fe y yo tengo obras. A ver, cómo sin obras, me demuestras tu fe; yo en cambio, con mis obras te demostraré mi fe (Sant 2,18).
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.
