DOMINGO VI DEL TIEMPO ORDINARIO

- Lv 13,1-2.44-46; Sal 31; 1Cor 10,31-11,1; Mc 1,40-45
La vida cotidiana está marcada por realidades humanas que, del modo que sea, nos obligan a tomar postura y establecer formas específicas para relacionarnos con ellas. Pueden ser relaciones sanas, abiertas, o distantes y, en ocasiones, tormentosas, al grado de evitarlas o despreciarlas; sobre todo, cuando se trata de realidades que involucran y ponen en riesgo, la salud, el honor, la pureza y la dignidad propia. Son esas relaciones a las que llamamos tóxicas, indeseadas, inaceptables, impuras, inapropiadas, o inmorales.
El Levítico (13,1-2.44-46) nos habla de una declaración de impureza que ponía límites prácticos y temporales a los enfermos de lepra, con la finalidad de no contagiar al resto del pueblo en su travesía por el desierto. Comenzaba por la aceptación personal del contagio, “¡Estoy contaminado! ¡Soy impuro!” (v. 45), seguido del aislamiento fuera del campamento; aislamiento que no significaba la exclusión definitiva del pueblo, que había sido liberado de la esclavitud y se dirigía a la tierra de promisión. Únicamente mientras le dure la lepra, seguirá impuro y vivirá solo, fuera del campamento(v. 46).
¡Mientras…! El problema es que esa temporalidad, más allá de mitigarse, con el tiempo se hizo permanente y la declaración de impureza se convirtió en “instrumento legal” de sometimiento y condena, tanto social como religiosamente.
Este es el panorama con el que se encuentra Jesús, pero su presencia y su palabra provocarán un movimiento, incomprensible para muchos, en la inercia legalista de exclusión y condena. De inicio, el leproso, motivado por esa presencia, se atreve a romper el límite marcado para ellos: se acerca y su franqueza es tan conmovedora como incisiva: Si tú quiere, puedes curarme… (Mc 1,40) ¡Porque otros no han querido! ¡Otros, han decidido olvidarnos!, como a muertos en vida.
El leproso desea curarse y deja en Jesús la decisión de hacerlo; sobre el terreno de la ley “no se puede”, es inadmisible, pero entre Jesús y el leproso sí. “Entre tú y yo, Señor, ya no hay límites, así que, puedes curarme.
El sí de Jesús es definitivo, el leproso sana, la lepra que lo limitaba desapareció y le fue devuelta su dignidad (cf. v. 42). Pero Jesús debe asumir el riesgo de la incomprensión y el peso de una ley que no cede: no podía ya entrar abiertamente en la ciudad, sino que se quedaba fuera, en lugares solitarios, como impuro despreciable (v. 45)
La escena que nos ofrece Marcos debe llevarnos a un proceso de autoanálisis social y eclesial, y, por consiguiente, a una mirada autocrítica, que nos obligue a preguntarnos: ¿Qué estructuras sociales, religiosas, políticas, culturales y morales, continúan poniendo límites, absurdos e infranqueables, a indefensos, desposeídos, enfermos, extranjeros? ¿Cuántas realidades humanas que hoy son, tal vez, la lepra de entonces (VIH-SIDA, homosexualidad, adicciones, diversidad de género, manifestaciones religiosas…), han sido sometidas al desprecio, al olido o a la expulsión definitiva, no sólo de la comunidad, sino de la vida personal y del corazón?
El reto es abrir el corazón, acoger el sufrimiento de los despreciados, dejar que se acerquen sin impedimentos y hacer que su vida sea más humana, más digna y plenamente libre. Y asumir, también, los mismos riesgos que Jesús: la incomprensión y el peso de una ley que no cede…
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.
