DOMINGO XIX DEL TIEMPO ORDINARIO
- Sab 18,6-9; Sal 32; Heb 11,1-2.8-19; Lc 12,32-48
El ritmo de la vida, como el del mundo, apremian constantemente: lo inesperado está al acecho y lo inadvertido se hará presente en cualquier momento. Cada instante de nuestra existencia se agota y, sin saberlo cómo, se funde en el pasado; en el tiempo que se agota, irrecuperable…
¿Dónde están tu corazón, tus pensamientos, tus intensiones? Tal vez en los tesoros que roban los ladrones y carcome la polilla (cf. vv. 33-34); añorando, quizá, lo que ya no fue, dormido en el letargo de la nostalgia, ciego ante las oportunidades que, sin detenerse, pasan ante ti.
Estén listos, con la túnica puesta y las lámparas encendidas (v. 35).
Que tu vida sea así, como una lámpara encendida (v. 35): Vigilante, dispuesto a servir y esperar la llegada del hermano; abrir la puerta cuando llame (cf. vv. 36-37) y estar siempre preparado para acogerlo (v. 40). No olvides que en cada hermano se hace presente Dios y llama a tu puerta, a tu vida, en cada uno de ellos.
¡Dichoso si el Señor te encuentra velando! (v. 37)
Nos dice el Papa Francisco:
En la página del Evangelio de hoy (cf. Lc 12, 32-48), Jesús llama a sus discípulos a una vigilancia constante. ¿Por qué? Para captar el paso de Dios en su vida, porque Dios pasa continuamente por la vida. Y señala las formas de vivir bien esta vigilancia: «Estén ceñidos vuestros lomos y las lámparas encendidas» (v. 35). Este es el camino. En primer lugar, «ceñidos los lomos», una imagen que recuerda la actitud del peregrino, dispuesto a emprender el camino. Se trata de no echar raíces en moradas cómodas y tranquilizadoras, sino de abandonarse, de abrirse con sencillez y confianza al paso de Dios en nuestras vidas, a la voluntad de Dios, que nos guía hacia la meta sucesiva. El Señor siempre camina con nosotros y tantas veces nos acompaña de la mano, para guiarnos, para que no nos equivoquemos en este camino tan difícil. (Ángelus, 11 de agosto de 2019)
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

