DOMINGO 10

DOMINGO XXXII DEL TIEMPO ORDINARIO

Ésta, en su pobreza, ha echado lo que tenía para vivir (Mt 12,44)
  • 1Re 17,10-16; Sal 145; Heb 9,24-28; Mc 12,38-44

El primer libro de los Reyes y el evangelio de Marcos resaltan una problemática social que, desde antiguo, representaba un conflicto entre dos realidades contrapuestas: la opulencia de los ricos y la pobreza indignante. Viudas, huérfanos, desamparados para quienes no había otra alternativa más que la muerte.

Es precisamente aquí donde Dios hace converger la fe inquebrantable de Elías y la desesperanza de la viuda que, sin embargo, se abre a la confianza y compasión. Elías le pide a ella, una mujer pagana, agua y pan para sobrevivir. La viuda expone con franqueza su situación es allí donde se gesta el milagro:

Te juro por el Señor, tu Dios, que no me queda ni un pedazo de pan; tan sólo me queda un puñado de harina en la tinaja y un poco de aceite en la vasija. Ya ves que estaba recogiendo unos cuantos leños. Voy a preparar un pan para mí y para mi hijo. Nos lo comeremos y luego moriremos (1Re 17, 12).

Reconoce que no tiene un Dios en quien confiar: te juro por el Señor, tu Dios… no el mío. Así, Elías, debe asegurar lo que parece imposible: No temas. Anda y prepáralo como has dicho; pero primero haz un panecillo para mí y tráemelo […] “La tinaja de harina no se vaciará, la vasija de aceite no se agotará, hasta el día en que el Señor envíe la lluvia sobre la tierra” […] Entonces ella se fue, hizo lo que el profeta le había dicho y comieron él, ella y el niño (vv. 13-15).

El evangelista Marcos por su parte (Mc 12,38-40), comenzando con una denuncia dirigida a los escribas, arrogantes y corruptos, que viven a expensas de los bienes de las viudas, remata con un ejemplo que contrasta e interpela la opulencia de las autoridades: una viuda pobre(12,42).

Las dos monedas que la viuda echó en las alcancías del templo son un paralelo con el puñado de harina con el que contaba la viuda de Sarepta (lo mínimo para hacer un pan); las dos mujeres son extremadamente pobres, pero no escatiman, aun lo poco que tienen, para solidarizarse con otros.

Comprar pan con dos monedas era imposible; pero el Templo, con lo recolectado en las alcancías, costeaba pan suficiente para distribuirlo entre los pobres. Probablemente la viuda, con otras viudas, los pobres y mendigos, echaban en las alcancías lo poco que tenían hasta alcanzar, juntos, la suma que el Templo requería para asistirlos:

Yo les aseguro que esa pobre viuda ha echado en la alcancía más que todos. Porque los demás han echado de lo que les sobra; pero ésta, en su pobreza, ha echado lo que tenía para vivir (vv. 43 y 44).

Hay una solidaridad silenciosa, discreta, pero eficaz y de grandes alcances, que no necesita publicidad ni ser vista; totalmente distinta de las prácticas “altruistas” y “caritativas” que sustentan su éxito en limosnas sustanciosas y grandes donativos. Una solidaridad que, al compartir generosamente lo poco que se tiene, hace de eso poco suficiente para todos.

En palabras del Papa Francisco:

El Evangelio nos pone delante de este sorprendente contraste: los ricos, que dan lo superfluo para hacerse ver, y una pobre mujer que, sin aparentar, ofrece todo lo poco que tiene. Dos símbolos de actitudes humanas.

Jesús mira las dos escenas. Y es precisamente este verbo —“mirar”— que resume su enseñanza: a quien vive la fe con duplicidad, como esos escribas, “debemos mirar” para no ser como ellos; mientras que a la viuda debemos “mirarla” para tomarla como modelo. (…) Jesús alaba el hecho de que esta viuda da al Tesoro todo lo que tiene. No le queda nada, pero encuentra en Dios su todo. No teme perder lo poco que tiene, porque confía en el tanto de Dios, y ese tanto de Dios multiplica la alegría de quien dona. (…) De esta manera Jesús la propone como maestra de fe, esta señora: ella no frecuenta el Templo para tener la conciencia tranquila, no reza para hacerse ver, no hace alarde de su fe, sino que dona con el corazón, con generosidad y gratuidad. Sus monedas tienen un sonido más bonito que las grandes ofrendas de los ricos, porque expresan una vida dedicada a Dios con sinceridad, una fe que no vive de apariencias sino de confianza incondicional. Aprendamos de ella… (Ángelus, 7 de noviembre de 2021)

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.