LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR
- Hch 1,1-11; Sal 46; Heb 9,24-28;10,19-23; Lc 24,46-53
¿Qué hacen allí parados, mirando al cielo? (Hch 1,11)
…Y todavía hoy, nos encontramos así, mirando al cielo, parados, sin hacer nada, o casi nada… Una Iglesia -la que formamos todos- inmersa, en ocasiones, en una pasividad que impide descubrir cómo, desde entonces, cuando el Señor fue elevado al cielo, se apartó de nosotros (cf. Lc 24,51) no para abandonarnos, sino para hacernos ver que llegaba el tiempo de asumir la responsabilidad implícita en el seguimiento y en el sello bautismal: ser sus testigos, no sólo en Judea y Samaria, sino hasta los últimos rincones de la tierra (Hch 1,8).
Los discípulos debieron aguardar a que se cumpliera la promesa del Padre (Hch 1,4); en cambio, ¡nosotros no!, pues ya hemos sido bautizados con el Espíritu Santo (v. 5), y su fuerza que transforma nos convierte en testigos suyos.
Juan bautizó con agua (Hch 1,5), -nos recuerda enfático Jesús-, pero a nosotros ha tocado un bautismo con Espíritu y fuego (Mc 3,11). El mismo fuego que el Señor ha traído a la tierra y que, todavía hoy, espera y desea que esté ardiendo (cf. Lc 12,49).
En la ascensión del Señor no celebramos la nostalgia de una ausencia, sino la confirmación y la contundencia de un compromiso: que en su nombre se ha de predicar a todas las naciones la necesidad de volverse a Dios para el perdón de los pecados (Lc 24,47).
Sin olvidarnos del cielo, hay que mirar hacia la tierra y en un movimiento descendiente, con una actitud condescendiente, comenzar a salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan de la luz del Evangelio (LS 20).
¿Qué hacen allí parados, mirando al cielo?
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

