DOMINGO 1

PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO 

Habrá señales prodigiosas en el sol
(Lc 21,25)

Iniciamos el Adviento y la Liturgia de la Palabra ofrece tres textos (Jr 33,14-16; 1Tes 3,12-4,2 y Lc 21,25-28.34-36) con los que orienta y prepara el gran acontecimiento de la venida del Señor.

VER 

El entorno parece amenazador y los malos presagios se mueve como una nube que nos cubre, dejando a su paso desilusiones, tristeza, indiferencia, soledad… La realidad que nos envuelve provoca miedo y desesperanza. No vemos luz ni hay claridad, pareciera que todo está llegando su fin.

JUZGAR 

Habrá señales prodigiosas en el sol, en la luna y en las estrellas. En la tierra, las naciones se llenarán de angustia y de miedo por el estruendo del mar; la gente se morirá de terror y de angustiosa espera por las cosas que vendrán sobre el mundo, pues hasta las estrellas se bambolearán (Lc  21,25-26).

En retrospectiva vemos cómo Lucas presenta una radiografía detallada de nuestra realidad, como si él predijera lo que hoy presenciamos. Pero no es así, el lenguaje y el estilo apocalíptico que el evangelista adopta no tienen la intención de predecir el futuro de la humanidad. Él escribe desde la historia humana y desde allí tenemos que releer el mensaje para comprenderlo. No importando si es la historia pasada o presente, Lucas quiere que distingamos lo que sucede cuando Dios está ausente en la vida de los hombres y cómo se transforma cuando en ella irrumpe el Hijo del hombre, el Mesías liberador.

El Adviento es una oportunidad para detenernos y mirarnos dentro; es el tiempo propicio para decidir si continuamos viviendo así, o deseamos cambiar. Las señales prodigiosas a las que se refiere Lucas no son más que los signos de los tiempos, de nuestro tiempo, y que debemos leer con el lenguaje de la propia historia. Es el tiempo para abrir el corazón, estar atentos y disponer la vida. Por eso, Jesús nos advierte:

Estén alerta, para que los vicios, la embriaguez y las preocupaciones de esta vida no entorpezcan su mente y aquél día los sorprenda desprevenidos; porque caerá de repente como una trampa sobre todos los habitantes de la tierra (21,34-35).

Una mente atada a la trampa de los vicios, adormecida en la embriaguez de la obstinación y atrapada en las preocupaciones de la vida, será incapaz de comprender la novedad del evangelio:

Cuando la mente se opone ciegamente a una situación, bloquea todos los sistemas de pensar, ver y entender en el alma, y hace imposible encontrar una solución. En cambio, cuando la mente se enfrenta a la temida calamidad, la contempla y la acepta y llega a resignarse ante ella, entonces pierde su rigidez, abre ventanas, mantiene realidades y despeja el camino para la salida. Ese proceso psicológico es acompañado y reforzado por la gracia de Dios y las bendiciones que acogen a la generosidad de la persona que llega a pedir en oración lo que más teme. Al pedir, acepta; y al aceptar, pierde el miedo. Y al perder el miedo, se prepara para la tranquilidad y el equilibrio, que son clima esencial de toda elección ecuánime. El temor siempre ha sido mal consejero. (Carlos G. Vallés, SJ. Saber escoger. El arte del discernimiento)

No estar preparados es, precisamente, la trampa de la que habla Lucas, pues cuando llegue el Hijo del hombre en una nube, con gran poder y majestad, no podrán zafarse de su torpeza y vivirán angustiados y con miedo.

El deseo de Pablo a la comunidad de Tesalónica (3,12-4,2), se abre ante nosotros como una pauta en el caminar a través del adviento:

Que el Señor los llene y los haga rebosar de un amor mutuo y hacia todos los demás, como el que yo les tengo a ustedes, para que él conserve sus corazones irreprochables en la santidad ante Dios, nuestro Padre, hasta el día en que venga nuestro Señor Jesús, en compañía de todos sus santos. Por lo demás, hermanos, les rogamos y los exhortamos en el nombre del Señor Jesús a que vivan como conviene…

ACTUAR

El adviento nos invita a convertirnos y permitir, así, que el Reino de Dios venga a nuestra vida y transforme la historia; nos alienta a salir de nuestras depresiones y oscuridades para reencontrarnos con esa luz que viene de lo alto y nos ilumina con abundante claridad:

Un estado de depresión no es el momento de tomar decisiones. La oscuridad no es el momento de cambiar de rumbo en la selva. Si dudas, detente y espera, pero no cambies de dirección en la niebla. Espera a la mañana, a la luz del sol y al cielo abierto y a la visibilidad hasta el horizonte. Entonces cambia el rumbo, si así has de hacerlo; pero no ahora, no bajo la noche, no entre nubes, no en desolación. (Carlos G. Vallés, SJ. Saber escoger. El arte del discernimiento)

Velen, pues, y hagan oración continuamente, para que puedan escapar de todo lo que ha de suceder y comparecer seguros ante el Hijo del hombre (Lc 21,36).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.