DOMINGO 1

DOMINGO XXII DEL TIEMPO ORDINARIO

La religión pura e intachable a los ojos de Dios Padre, consiste en visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones…(Sant. 1,27)
  • Dt 4,1-2.6-8; Sal 14; Sant 1,17-18.21-22.27; Mc 7,1-8.14-15.21-23.

Yahvé desea que el pueblo conozca sus mandatos y los cumpla con fidelidad; para ello, son necesarias dos cosas: el silencio y la quietud. Por eso, Moisés exhorta a Israel a detenerse un momento: Ahora, escucha (v. 1).

La fuerza de la revelación y el sentido de la ley se sustentan en la cercanía de Yahvé: ¿cuál otra nación hay tan grande que tenga dioses tan cercanos como lo está nuestro Dios, siempre que lo invocamos?, ¿cuál es la gran nación cuyos mandatos y preceptos sean tan justos como toda esta ley que ahora les doy? (Dt 4,7-8).

En esa presencia amorosa se experimenta la cercanía de Dios y, sólo así, en esa experiencia, es posible comprender y aceptar los mandatos y preceptos que permitirán al hombre ser feliz, vivir y tomar posesión de la tierra prometida (v. 1). No son leyes impositivas, son mandaos justos y cumplirlos otorga al pueblo la sabiduría y la prudencia que lo distinguirá entre pueblos: En verdad esta gran nación es un pueblo sabio y prudente (v. 6).

Por su parte, el evangelio de Marcos nos pone de frente a la realidad humana, que no siempre reconoce en la cercanía de Dios la posibilidad de alcanzar una vida plena, cimentada sobre la solidez de la justicia. Dios permanece fiel a sus promesas, siempre cercano y presente; pero es el hombre quien se aleja de él, se ausenta y se olvida de las enseñanzas que le han dado sentido a su historia. Centrado en sí mismo, no mira más allá: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. Es inútil el culto que me rinden, porque enseñan doctrinas que nos son sino preceptos humanos… (Mc 7,6).

Cuántas cercanías nos incomodan y las rechazamos porque nos cuestionan, porque reclaman de nosotros justicia y respeto, o ponen a prueba nuestra capacidad de amar. Porque esas cercanías humanas son cercanía de Dios, que nos interpela y nos dice: ¡Escucha!

Dice el Papa Francisco que cuando el ser humano se coloca a sí mismo en el centro, termina dando prioridad absoluta a sus conveniencias circunstanciales, y todo lo demás se vuelve relativo. Por eso no debería llamar la atención que, junto a la omnipresencia del paradigma tecnocrático y la adoración del poder humano sin límites, se desarrolle en los sujetos este relativismo donde todo se vuelve irrelevante si no sirve a los propios intereses inmediatos (122). Palabras que resuenan con fuerza en boca de Jesús: ustedes dejan a un lado el mandamiento de Dios, para aferrarse a las tradiciones de los hombres (v. 9).

El apóstol Santiago, en su carta, confirma que la presencia de Dios es una cercanía transformadora: Todo beneficio y todo don perfecto vienen de lo alto, del creador de la luz, en quien no hay cambios ni sombras… Acepten dócilmente la palabra que ha sido sembrada en ustedes y es capaz de salvarlos (Sant 1, 17.21).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.