DOMINGO II DE CUARESMA
- Gn 12,1-4; Sal 32; 2Tim 1,8-10; Mt 17,1-9
De ida y vuelta
A lo largo de la vida transitamos por caminos sobre los cuales avanzamos sin detenernos, siempre adelante, seguros de que, en algún momento, alcanzaremos nuestra meta. Pero no siempre es así, también hay caminos de vuelta, que nos obligan a desandar y regresar, por alguna razón, al lugar donde partimos,
No hay líneas rectas en la vida, ni aprendizajes que, con precisión matemática, se sucedan uno detrás de otro, para obtener el conocimiento pleno de las cosas. Por el contrario, hemos tenido que enfrentarnos a los altibajos, la inestabilidad y los cambios fortuitos que nos muestran cómo aprendemos y desaprendemos, creemos en ciertas cosas y dejamos de creer en ellas; cómo nos abordan las dudas, la incertidumbre, el miedo.
A veces, cegados con el resplandor de las seducciones, fascinados, nos atamos a ellas, hasta que esa luz fenece y, entonces, arrebatados por la conciencia, somos obligados a mirar nuestra realidad desnuda y emprender el camino de vuelta hacia ella, para recuperarla y acogerla como es.
Pedro, Santiago y Juan, fueron llevados a lo alto de un monte (Mt 17,1) e, inesperadamente, contemplaron la luz que irradiaba el rostro de Jesús, como el sol que nace de lo alto e ilumina las tinieblas (Lc 1,78-79). Fascinados, quisieron apropiarse de ese instante, miraron solo la luz, pero no la fuente; su imaginación se antepuso a la actitud humilde que, en silencio, acoge la revelación.
Una voz interrumpió su delirio: ¡Escúchenlo! (Mt 17,5). Esa es la clave: interrumpir todo lo que nuestros deseos buscan y dejarnos transformar por una palabra distinta que, más allá de lo incomprensible, se acerca y nos dice levántense, no teman (v. 6).
Es necesario levantarse, bajar y tomar un camino distinto (cf. Mt 17,9), como Abram: dejarlo todo (país, parentela, casa paterna, seguridades…), y confiar en la palabra de Yahvé que nos lleva a una tierra desconocida (Gn 12,1-4), donde habrá que comenzar de cero, transfigurándonos; desaprender, desandar, renovar nuestra fe. Levantar la mirada y darnos cuenta de que no veremos nada, más que a Jesús (Mt 17,8).
Escucharlo a él, y poner solo los ojos en él (S. Juan de la Cruz, 2S 22,6)
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

