Marzo 3 de 2026
La palabra suegro dejó de ser un simple concepto para convertirse en una experiencia, animada por la sinceridad, la alegría, el silencio respetuoso y comprensivo, la exigencia, la confianza, la ayuda incondicional, el servicio y la confidencialidad.
Así fue mi experiencia contigo, querido y entrañable suegro Ladislao, tanto en la lejanía como en los momentos donde tu presencia firme y cordial, estricta pero accesible, franca y adusta, sutilmente diluida con una mirada infantil y una cálida sonrisa, abría espacios a las palabras simples, a los versos sin complicaciones, a las anécdotas cargadas de recuerdos que avivaron los horizontes del pasado; una presencia compartida en una caña de mezcal, en una canción trasnochada y en un mágico trozo de chicharrón con regusto de “cuche cuitero”, flaco pero recio.
Nunca había mucho qué decir, pero con eso bastaba; aunque siempre había mucho que agradecer, mucho que recoger en el corazón y silenciar en el respeto. Tus pasos me enseñaron a caminar en pausa, a disfrutar el instante que pasaba y el que vendría; tus manos, afianzadas en las mías, confiaban la certeza de no caer y dejar el temor de no levantarse.
Mis pocos desvelos que velaron tus noches y tu sueño enfermo nunca fueron en vano, porque el premio nacía de tu voz sabia en un invaluable ¡gracias!, acompañado de mi nombre.
Conmemoro tu vida y descubro en tu muerte la posibilidad de remontar lo imposible, de enfrentar con valor la adversidad sin sentido y de mirar con hondura la belleza que no vemos en nuestra prisa.
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.
