Ceniza: Duelo y Conversión

Una vez al año, como parte de la tradición, y en respuesta a las prescripciones que marca la Iglesia, al iniciar la Cuaresma, vivimos la peculiar experiencia de poner ceniza en nuestra cabeza, como signo de penitencia y preparación al tiempo de la conversión y el arrepentimiento. Aunque, tal vez, asistamos a los templos a que “nos impongan ceniza” sin saber, si quiera, qué significa y a qué nos compromete.

Pues bien, la ceniza posee, por lo menos, dos significados: Señal de duelo y símbolo de conversión.

Señal de duelo:

En la Sagrada Escritura encontramos que derramar ceniza sobre la cabeza era una señal de luto, de tristeza o de arrepentimiento […] El dolor se manifiesta también con la expresión “estar sentado sobre ceniza”, y un hombre abatido y humillado por sus enemigos es “un hombre de, o semejante, a la ceniza” (Job 30,19; 42,6).

Símbolo de conversión:

Símbolo de la fragilidad humana (Gn 18,27; Sir 10,9), lo es también de la conversión. Signo de arrepentimiento, la ceniza evoca la caducidad y, por tanto, la condición mortal de hombre y mujeres, de la que hay que desprenderse por un movimiento de conversión, pues la profecía de Isaías afirma que el Mesías ha sido enviado “para dar a su pueblo una diadema de gloria en vez de ceniza” (61,3), que queda únicamente como recordatorio de la vieja condición.[1]

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.


[1] Ropero A. (2012). Ceniza. Tomado de Gran Diccionario Enciclopédico de la Biblia. Ed. Clie. USA.

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