¿CUÁL ES EL AMOR QUE CELEBRAMOS?
El amor divino se ha manifestado por medio del amor humano. Hay entre ellos un entramado, tan fuerte y profundo, que no se puede cambiar ni mucho menos deshacer. Sería absurdo desconocer los rasgos divinos en el amor humano, o empeñarnos en deshumanizar lo que de humano se manifiesta en el amor divino.
Con amor eterno te amé (Jr 31,3), grita el Señor en boca del profeta. Eterno porque es inagotable, jamás se extingue y abraza a todo aquel que se deja amar. Un amor que es para siempre.
El amor es la cualidad humana que Dios ha elegido para manifestarse como padre, como amante, como hermano, como amigo; también como madre y como hijo, pero, sobre todo, como el Dios que permanece y está siempre a nuestro lado, entre nosotros. Nunca nos abandona.
Ningún ser humano podrá desentenderse del amor. En mayor o menor medida, ha vivido la experiencia de amar y ser amado, incluso de amarse a sí mismo. Una experiencia que, ciertamente, se entreteje con el odio, la envidia, o el desprecio, a tal grado que, para algunos, amar es imposible o impensable, o más radicalmente, han probado el desamor; es decir, un amor que se les manifiesta y, por la razón que sea, se desvirtúa en la penumbra de la soledad y el egoísmo.
Hoy tenemos la posibilidad, en la sencillez y la simplicidad de nuestra condición humana, tal cual es, de manifestar ante los demás lo que nos distingue y que tiene como sustento aquello que a todos, sin excepción, nos mueve y apasiona, lo que potencia nuestras decisiones y nos confronta con la más indecible de las crisis que tensa la coherencia y la cordura del hombre: En eso conocerán todos que son discípulos míos, el amor que se tengan unos a otros (Jn 13,35).
Por eso, la pregunta es, ¿Cuál es el amor que celebramos?: El amor humano permeado del amor divino, o un amor “humano” deshumanizado, inhumano, mundanizado que se ha olvidado que el amor consiste en esto: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó primero… (1Jn 4,10).
Queridos, si Dios nos ha amado tanto, también nosotros debemos amarnos unos a otros (1Jn 4,11).Mario A. Hernández Durán, Teólogo.
