PARA COMPRENDER LA FIESTA DE LA EPIFANÍA

El 6 de enero, los cristianos ortodoxos y occidentales celebran la gran fiesta de Epifanía (como se la llama en Occidente), o Teofanía (como se la denomina en Oriente). Esta fiesta introduce un nuevo periodo de celebración litúrgica que aún entre nosotros se remonta a los orígenes cristianos y devela el significado de la fe y tradición cristiana.

Epifanía (del griego epifaneia) significa “manifestación desde arriba”, esto es, “revelación divina”. La fiesta cristiana de la Epifanía significa primordialmente la manifestación de Dios en Cristo, Cristo siendo manifestado como el Hijo de Dios, y Dios como la Trinidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

¿Por qué el 6 de enero?

¿Por qué fue el 6 de enero escogido para Epifanía, y por qué fue el 25 de diciembre introducido para el Nacimiento de Cristo posteriormente? Los eruditos proveen varias respuestas. Una de ellas nos dice que, de acuerdo con el antiguo calendario egipcio, el 6 de enero era el día del solsticio de invierno, el día más importante de celebración religiosa para los paganos. Algunos paganos (especialmente los egipcios) celebraban en este día la conquista de la oscuridad invernal por el invencible dios-sol. Otros celebraban la aparición y glorificación del dios-emperador en una ciudad (especialmente los romanos). Los cristianos, que reconocían a Cristo como “el sol de justicia” (Mal. 4, 2) y la “luz del mundo” (Jn. 1, 9 y 8, 12), reemplazaron el culto al dios-sol pagano y la glorificación del dios-emperador por el culto de Cristo.

Posteriormente, en el Nuevo calendario romano, se situó el solsticio de invierno el día 25 de diciembre, y se proporcionó la ocasión para otra celebración pagana. Los cristianos encontraron la oportunidad para introducir una nueva fiesta, Navidad, conmemorando el nacimiento de Cristo, quien es Emmanuel, Dios con nosotros.

Lo que es importante observar aquí es que el fenómeno natural de la “conquista” de la oscuridad invernal por parte del sol dejó de ser visto como divino, o como un signo de la aparición de un líder humano deificado. En cambio, se volvió una ocasión para celebrar la manifestación del Dios verdadero como hombre, venciendo la oscuridad de la ignorancia y el pecado que llevó a la humanidad a estar alienada del verdadero Dios y a rendir culto a la creación antes que al Creador.[1]

Geroge Dion.

¿Por qué no siempre se celebra el 6 de enero?

Si bien, la fiesta de la Epifanía, desde antiguo, se celebra tradicionalmente el 6 de enero, la celebración litúrgica, marcada como Solemnidad, en la Iglesia católica se ha trasladado al siguiente domingo inmediato después del 6 del enero (a excepción de que esta fecha coincida con el domingo).

Podemos distinguir en ello una razón practica y una razón teológica. Práctica, porque al ser una solemnidad, el calendario civil y las actividades laborales, escolares, empresariales…, en las que estamos implicados, no permitirían enfatizar y resaltar de manera adecuada dicha solemnidad y la participación del pueblo se vería limitada. Además, la estructura ritual de la Epifanía se compone de dos momentos: una vigilia, o primeras vísperas, el día previo por la noche, y la celebración solemne de la fiesta, como tal, lo que supondría una cierta complicación en tiempo y disponibilidad de los fieles.

De lo práctico pasamos a lo teológico. Al ser la Epifanía el acontecimiento en el que el Señor (Jesús) se da a conocer a los pueblos, la fiesta adquiere un carácter de índole cristológico. Así, el domingo, día del Señor, es el mejor momento celebrativo para resaltar todo el contenido teológico y doctrinal de la Epifanía, acoplando la imagen del Señor que se manifiesta con el día que la Iglesia, desde antiguo, ha dedicado, de manera especial, para celebrarlo. La Encarnación, por medio de la cual Dios da a conocer su proyecto de salvación a los hombres, queda arropada en el misterio de la pasión-muerte-resurrección, memorial central del domingo.

En el ámbito popular, la fecha no pasa por alto y se celebra según la tradición: La víspera (la noche del 5 de enero), reunidos en familia compartimos el pan, la rosca de reyes, y la ilusión que provocan la generosidad, la sorpresa y la maravilla de la alegre espera; el 6 de enero, celebramos y compartimos el gozo de dar y recibir, resignificando el oro, el incienso y la mirra en regalos que hacen que los niños sonrían, sean felices y sigan creyendo.

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.


[1] Recuperado de: http://orthodoxmadrid.com/wp-content/uploads/2011/03/La-Epifan%C3%ADa-en-el-cristianismo-oriental-y-occidental.pdf

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