EL DOGMA DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN

No están demás algunos datos y reflexiones en torno a este dogma, sobre todo, para comprenderlo con claridad y vivirlo con profundidad.

  • La Inmaculada Concepción de María: María fue concebida sin la mancha del pecado original. Fue definido y decretado por el Papa Pío IX, en San Pedro, el 8 de diciembre de 1854.
  • ¿Qué fuentes lo sustentan?
  • No hay textos bíblicos que sustenten, directamente, este dogma.
  • Se infiere, o deduce, de las palabras que el ángel dirige a María en el texto lucano: llena de gracia/kejaritomenen (1,28).
  • Y se complementa con Lc 14,42: Bendita eres tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre.
  • La única fuente directa es un evangelio apócrifo (no canónico), conocido como Libro de la Natividad de María, atribuido a un autor del siglo IX. A partir de sus contenidos y su divulgación, se fue cultivando, poco a poco, una devoción popular a María inmaculada
  • Así, la voz del pueblo es una fuente importante: A pesar de haber sido un decreto papal para definir este dogma, sin embargo, se percibe que ha sido la Iglesia toda, a lo largo de siglos y milenios, que ha ido madurando la doctrina. La definición dogmática en este sentido atañe a toda la Iglesia, y el Papa ha recogido el sentimiento doctrinal del pueblo de Dios a través de sus obispos (Javier Alson, SMC).
  • Es decir, lo que el pueblo cree y ve en María se convierte en dogma de fe.

Pero, más allá de los datos, es necesario ubicar la inmaculada concepción de María en el contexto de la redención y dentro del plan salvífico de Dios:

Así como sólo se comprende el dogma de la Inmaculada en el contexto de la revelación completa (por la analogía de la fe), y no se encuentra en la Escritura texto alguno suelto (como una pieza separada de un todo), en el cual se hable explícitamente de ella; así tampoco en la teología se puede reflexionar sobre este misterio como si fuese un “adorno” o “gloria individual” de María; sino sólo en su posición respecto al misterio más global de la redención de la Iglesia en y por Jesucristo.

Hay, como se ve, una profunda diferencia entre la gracia de Cristo y la de María, por más que existe también una estrecha continuidad: Cristo fue engendrado totalmente santo, por así decir, “por derecho propio”, por la unidad hipostática de su humanidad con el Verbo. María lo fue en función de su Hijo, por elección y gracia participada. Pero ambos, Cristo y María, son santos para la humanidad y para la Iglesia. De ahí que la Inmaculada Concepción no pueda ser sólo una gloria individual de ella (por más que, por haberle concedido tal gracia, alabemos al Padre); sino significa además, y sobre todo, que toda la existencia de María, dentro de la economía de la salvación, tiene como único sentido el servicio a la obra redentora de su Hijo. (Carlos Ignacio G. SJ)

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

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