FIESTA DE STA. TERESA DEL NIÑO JESÚS Y DE LA SANTA FAZ
Seré el amor
Una mente abierta y un corazón sincero, el de cualquiera, dispuesto a ser, no sólo parte sino protagonista en la transformación del mundo y de la sociedad, se enfrentará probablemente a dos preguntarse: ¿Quién soy? ¿A qué estoy llamado?
La realidad y el horizonte de la humanidad nos lanzan, cada vez más, grandes retos respecto de los cuales podemos tomar postura, o desentendernos… Tomar postura significa responder, asumir, intentar y aportar, cada uno a su modo, algo distinto, útil y valioso que pinte de esperanza y libertad las experiencias de muerte, violencia, guerra, hambre, abandono, odio que enferman el corazón de tantos hombres y dañan la relación entre pueblos y naciones.
Lo que falta en este mundo es lo que tú y yo, lo que nosotros, no hemos dado; falta lo que hemos olvidado y palpita en lo más profundo de cada individuo, creyente o no creyente: el amor.
El Papa Francisco, en la exhortación apostólica (2023) sobre la confianza (C’est la confance), dedicada a Teresa del Niño Jesús, resalta precisamente la intuición de la santa, que se convierte en una clara convicción a partir de una experiencia de encuentro con el amor.
Teresita -dice el Papa Francisco- heredó de santa Teresa de Ávila un gran amor a la Iglesia y pudo llegar a lo hondo de este misterio. Lo vemos en su descubrimiento del “corazón de la Iglesia”. En una larga oración a Jesús, escrita el 8 de septiembre de 1896, sexto aniversario de su profesión religiosa, la santa confió al Señor que se sentía animada por un inmenso deseo, por una pasión por el Evangelio que ninguna vocación por sí sola podía satisfacer. Y así, en busca de su “lugar” en la Iglesia, había releído los capítulos 12 y 13 de la Primera Carta de san Pablo a los corintios.
En el capítulo 12, el Apóstol utiliza la metáfora del cuerpo y sus miembros para explicar que la Iglesia incluye una gran variedad de carismas ordenados según un orden jerárquico. Pero esta descripción no es suficiente para Teresita. Ella continuó su investigación, leyó el “himno a la caridad” del capítulo 13, allí encontró la gran respuesta y escribió esta página memorable:
«Al mirar el cuerpo místico de la Iglesia, yo no me había reconocido en ninguno de los miembros descritos por san Pablo; o, mejor dicho, quería reconocerme en todos ellos… La caridad me dio la clave de mi vocación. Comprendí que si la Iglesia tenía un cuerpo, compuesto de diferentes miembros, no podía faltarle el más necesario, el más noble de todos ellos. Comprendí que la Iglesia tenía un corazón, y que ese corazón estaba ardiendo de amor. Comprendí que sólo el amor podía hacer actuar a los miembros de la Iglesia; que si el amor llegaba a apagarse, los apóstoles ya no anunciarían el Evangelio y los mártires se negarían a derramar su sangre… Comprendí que el amor encerraba en sí todas las vocaciones, que el amor lo era todo, que el amor abarcaba todos los tiempos y lugares… En una palabra, ¡que el amor es eterno…! Entonces, al borde de mi alegría delirante, exclamé: ¡Jesús, amor mío…, al fin he encontrado mi vocación! ¡Mi vocación es el amor…! Sí, he encontrado mi puesto en la Iglesia, y ese puesto, Dios mío, eres tú quien me lo ha dado… En el corazón de la Iglesia, mi Madre, yo seré el amor… Así lo seré todo… ¡¡¡Así mi sueño se verá hecho realidad…!!!». (nn. 38-39 de la exhortación)
En el corazón de la Iglesia y en medio de este mundo somos el rostro del amor y el corazón que da vida y mueve las voluntades.
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.
