Como una aportación para reflexionar, desde otro punto de vista, el sentido de esta celebración del amor y la amistad, comparto con ustedes un extracto del libro La amistad de Dios. El cristianismo como amistad, de Segundo Galilea. Espero les guste y, sobre todo, sea de provecho para sus reflexiones, sus relaciones y el cultivo del amor en la vida.
EL SÍMBOLO DE LA AMISTAD
Jesús vino para hacernos comprender el amor que Dios nos tiene. La forma en que él amó es el camino privilegiado para comprenderlo. La manera en que explicó ese amor nos ofrece las mejores comparaciones y símbolos humanos para penetrar el misterio del amor que viene de Dios.
Es verdad que ya el Antiguo Testamento nos explica el amor de Dios por los símbolos del amor humano. Lo compara con el amor materno (Jeremías), con la amistad (Abrahán), con el desposorio (Cantar de los Cantares), con el noviazgo (Isaías).
Jesús, por su parte, en su práctica del amor y en los símbolos con que lo quiere hacer comprender, va a privilegiar el amor de amistad. Así, dice a sus discípulos: «Os llamo amigos… Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por el amigo…» (Jn 15,12-16). Para Jesús, el «mayor amor» es el amor de amistad.
¿Pudo haber elegido otro símbolo igualmente significativo, como el desposorio o el amor maternal? Quizá; aunque, una vez más, la analogía de los amores humanos nos ayuda a comprender la elección de Jesús. Por una parte, la experiencia humana nos enseña que la amistad debe ser un componente necesario de todas las demás formas de amor, si éstas han de perdurar. El noviazgo y desposorio, sin amistad, duran lo que dura el enamoramiento, que, aunque en sí es más intenso y total que la amistad, no tiene su persistencia y estabilidad. Matrimonios sin amistad, amor de padres, hijos o hermanos sin amistad, se van debilitando con el tiempo y las pruebas de la vida.
Al no estar impulsado por la pasión o por la relación de sangre, la amistad expresa mejor la libertad del amor, necesaria para que éste llegue a su madurez. La fidelidad en cualquier amor se hace madura cuando es libre, y esta libertad se da en la medida en que ese amor se ha integrado con la amistad.
La amistad es la única experiencia universal del amor, la que todos pueden tener; y por eso, como símbolo, es significativo para todos. Las personas célibes nunca experimentarán el amor paternal o maternal; los huérfanos nunca experimentaron el amor filial; los hijos únicos no conocen el amor fraterno; muchos hombres y mujeres, por vocación o circunstancia, no han experimentado ni el noviazgo ni el matrimonio (Cristo mismo no los experimentó). En cambio, cualquier persona puede experimentar la amistad, como Jesús mismo la experimentó. La vocación al amor de amistad es universal, igual que lo es el amor que Dios ofrece en Jesús.[1]
[1] Galilea, S. (1987). La amistad de Dios. El cristianismo como amistad. Ed. Paulinas. Madrid. pp. 11-13.
