NOCHE OSCURA
En una noche oscura, con ansias, en amores inflamada, ¡oh dichosa ventura!, salí sin ser notada, estando ya mi casa sosegada.
Quiere, pues en suma, decir el alma en esta canción que salió -sacándola Dios- sólo por amor de él, inflamada en su amor en una noche oscura, que es la privación y purgación de todos sus apetitos sensuales, acerca de todas las cosas exteriores del mundo y de las que eran deleitables a su carne, también de los gustos de su voluntad. Lo cual, todo se hace en esta purgación del sentido. Y, por eso, dice que salía estando ya su casa sosegada, que es la parte sensitiva, sosegados ya y dormidos los apetitos en ella, y ella en ellos. Porque no se sale de las penas y angustias de los retretes de los apetitos hasta que estén amortiguados y dormidos.
S. Juan de la Cruz, poema de la Noche Oscura, canción 1 (S 1,4).
Los motivos que llevan al hombre a tomar decisiones y actuar están animados, muchas veces, por las pulsiones sensoriales. El entorno está cargado de imágenes, sonidos, colores, aromas…, que mantienen despierta y activa la sensualidad humana.
La capacidad sensorial es fundamental en el desarrollo integral de la persona. Todo lo que sabemos y conocemos; nuestras relaciones con los demás y con el mundo, pasan por la mediación de los sentidos: percibimos la belleza, el tamaño, la temperatura; apreciamos la sonrisa o el llanto, escuchamos, leemos, nos expresamos; abrazamos, o besamos.
Nada de eso fue ajeno a Juan de la Cruz; comprendió que los sentidos marcan, de alguna manera, el rumbo de la vida: si están desordenados, nos llevarán a la perdición; si, por el contrario, están ordenados, mesurados e iluminados por la razón y el Espíritu, construiremos relaciones sanas con nosotros mismos y con Dios.
Una nota distintiva del ser humano es la razón y lo razonable. Pero esto no siempre es así. Tantas veces es más un deber ser que una realidad. El Santo constata y muestra, sobre todo en el primer libro de la Subida, que existe un tipo de conducta humana no guiada por la razón, sino simplemente por los apetitos y apetencias. Y lo peor de esto es hacer de ellas criterio de vida, criterio del bien y del mal. Ni que decir tiene que las personas que obran así se ofuscan para poder comprender otro criterio que no sea el de las propias apetencias. Por eso se explica que, según el Santo, no pueden iluminar su mente los criterios de la fe. Ente los daños de los apetitos el Santo señala que estos “oscurecen y ciegan” al hombre. No sólo a su entendimiento, sino también a su voluntad y su memoria… (José Damián Gaitán, OCD, Conocimiento de Dios y Sabiduría de la fe en San Juan de la Cruz, en Experiencia y Pensamiento en San Juan de la Cruz).
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.
