EL DOGMA DE LA ASUNCIÓN DE MARÍA
La solemnidad de la Asunción de María es, tal vez, una de las celebraciones más populares en el entorno católico. No sólo a partir de la proclamación del dogma en 1950 por el Papa Pío XII, sino desde siglos atrás, donde comenzó a echar raíces entre los cristianos de la Iglesia naciente.
Podemos decir que es un acontecimiento que refleja la fe del pueblo y la convicción de que Dios concede el don de la resurrección a aquellos que acogen su palabra y la cumplen.
La asunción no es una cualidad de María ni mucho menos una advocación que animen, en mayor o menor medida, la veneración, la devoción, o el culto a ella. Es, digámoslo así, un privilegio que los creyentes reconocen en la Madre del Señor y que el Padre le ha concedido. Tal privilegio ha tenido que ser definido por el Magisterio por medio de un dogma, para salvaguardar los misterios incomprensibles de la fe.
¿Qué es un dogma?
La palabra dogma proviene de la lengua griega y significa decreto. Es la afirmación doctrinal precisa que la Iglesia ha definido en forma solemne […] Las controversias sobre puntos doctrinales importantes, o ciertos aspectos de la fe del pueblo, son generalmente los que llevan a establecer una verdad como dogma[1]
El Dogma de la Asunción de María.
El dogma la Asunción cobra sentido en relación con los dogmas marianos. Es decir, en torno a la figura de María existen cuatro dogmas que definen, explican y salvaguardan cuatro aspectos de su santidad:
- El dogma de la Maternidad de María: María, madre de Dios (Concilio de Éfeso, 431).
- El dogma de la Virginidad de María: María concibió virginalmente a Jesús. Virgen antes, durante y después del parto (Concilios de Éfeso, 431 y de Letrán, 649).
- El dogma de la Inmaculada concepción: María fue concebida sin pecado (Papa Pío IX, 8 de diciembre de 1854).
- El dogma de la Asunción de María: María fue asunta (asumida) en “cuerpo y alma” al cielo (Papa Pío XII, 1950).
En conjunto, estos dogmas nacen en el seno de la tradición de la Iglesia y son fruto de la reflexión que teólogos antiguos (los padres de la Iglesia) habían hecho en torno a algunos textos bíblicos relacionados, de alguna manera, con María (Sal 131, 8; Lc 1, 28 y Ap 12). No obstante, ninguno de los dogmas tiene un lugar explícito y preciso en la Sagrada Escritura. Es decir, ningún texto define objetivamente que María haya sido inmaculada, o que establezca con precisión la virginidad antes, durante y después del parto, o que describa el modo y el momento en que fue llevada hasta el cielo en “cuerpo y alma”.
La Asunción de María era una problemática doctrinal que se discutía ya desde los siglos IV y V, tratando de buscar una justificación escriturístico-teológica que fuera más allá y superara el origen apócrifo que le daba sustento.
Por otro lado, ninguno de los evangelios dice cuándo murió María ni qué sucedió con ella después de su muerte (ni de José su esposo, más allá de lo que sabemos gracias a Mateo 1,18-25 y Lucas 2,1-7; ni mucho menos de sus padres, Ana y Joaquín). En cambio, la tradición apócrifa y la tradición popular tejieron toda una narrativa maravillosa en torno a la figura y a la persona de la madre de Jesús.
Así lo narra el Tratado de San Juan el Teólogo sobre la dormición de la Santa Madre de Dios (Apócrifo llamado Libro de San Juan evangelista, s. IV aproximadamente), en los versículos 48-50:
Realizado este milagro, llevaron los apóstoles el féretro y depositaron el precioso y santo cuerpo de María en Getsemaní, en un sepulcro nuevo. Y he aquí que un perfume de suave olor salía del sepulcro de nuestra Señor la madre de Dios. Durante tres días se escucharon voces de ángeles invisibles que glorificaban a su Hijo Cristo, nuestro Dios. Pasado el tercer día, ya no se oyeron las voces, y por ello lodos conocieron que su cuerpo inmaculado y honorable había sido trasladado al paraíso.
Hecho el traslado del cuerpo, vimos a Isabel, la madre de San Juan Bautista, a Ana, la madre de nuestra Señora, a Abrahán, a Isaac, a Jacob y a David que cantaban el Aleluya. También vimos a todos los coros de los santos, que se postraban ante los sagrados despojos de la madre del Señor. Igualmente vimos un lugar luminoso, cuya luz era brillante más que otra cualquiera. Un perfume de suave olor llenaba aquel lugar desde el que fue trasladado al paraíso el venerable y santo cuerpo de María. Y se oyó la música de los que cantaban himnos a su Hijo, dulces canciones que solamente a las vírgenes les está concedido escuchar, y que no producen hartura.
Nosotros, pues, los apóstoles, al contemplar el repentino y venerable traslado de su santo cuerpo, dimos gloria a Dios que nos manifestó sus maravillas acerca del tránsito de la madre de nuestro Señor Jesucristo
La intención de fondo es razonable en el intento de dar forma a las intuiciones de la fe popular que no estaban plasmada en la narrativa de los evangelios canónicos, cuya única finalidad era transmitir el mensaje de la Buena Nueva. Por ello la Iglesia asume tal intención y la lleva al terreno de la reflexión y el análisis doctrinal, tomando en cuenta que María de Nazaret, la madre del Mesías, no era una figura cualquiera en el horizonte de la tradición cristiana de los orígenes. En ella, y en su peculiar relación con Dios, se cumplían las promesas hechas desde antiguo: Acordándose de su misericordia, viene en ayuda de Israel, su siervo, como lo había prometido a nuestros Padres, a Abraham y a su descendencia, por siempre (Lc 1,54-55).
Otro punto de discusión, que finalmente lleva a la proclamación del dogma, es el que está en relación con la resurrección de Jesús: si a Jesucristo le es concedida la resurrección y la glorificación, por ser el Hijo de Dios, ¿por qué no le es concedida de igual manera a la mujer que lo llevó en su seno?
A quienes creen en Jesús se les ha prometido la resurrección: Quien cree en mí, aunque muera, vivirá; y quien vive y cree en mí no morirá para siempre (Jn 11,25-26). Pero esta gracia, en María, debía tener algo distinto, extraordinario: el tránsito de María (la Asunción) se inscribe en el contexto pascual y adquiere para sí la dinámica de muerte-resurrección.
Jesús, el hijo de Dios, al encarnarse, se hizo hombre y asumió la condición humana y como tal, murió clavado en la cruz (cf. Flp 2,6-11). Siguiendo esta lógica de la condición humana de Jesús, debemos asumir que María también murió. Cuándo y cómo, no lo sabemos. Los evangelios, como ya lo dijimos, no son documentos históricos.
La asunción de María es la resurrección de María, de tal manera que, sin fundamentos sólidos, es poco razonable imaginar el traslado del cuerpo de María, de una condición terrenal a una celestial.
En fin, todos estos aspectos se discutieron, se revisaron y fueron, durante mucho tiempo, motivo de una extensa producción literaria, pictórica, musical, teológica, etc., que no tuvo fin sino hasta el pasado siglo XX con la proclamación del Dogma de la Asunción de la Santísima Virgen María, el 1 de diciembre de 1950, por el papa Pío XII, en la constitución dogmática Munificentissimus Deus y otorgándole la solemne celebración litúrgica el día 15 de agosto.
Así, el Papa daba respuesta y orientación doctrinal a la convicción popular y la fe de tanta gente que, durante siglos, había creído, y sigue creyendo, que María fue llevada en cuerpo y alma al cielo.
La definición dogmática tiene dos objetivos muy claros:
- Detener las elucubraciones, a favor y en contra, de la traslación de María al cielo, y no caer en exageraciones o desviaciones doctrinales. Esta es la función esencial de un dogma.
- Buscar un concepto que dejara en claro el asunto y darle forma y contenido, fundamentando teológicamente esta creencia tan popular y tradicional. El concepto ya existía, Asunción, pero en la constitución se aclaró y se ubicó. El papa buscaba un consenso y un equilibrio.
En efecto, Dios, que desde toda la eternidad mira a la Virgen María con particular y plenísima complacencia, «cuando vino la plenitud de los tiempos» (Gal 4, 4) ejecutó los planes de su providencia de tal modo que resplandecen en perfecta armonía los privilegios y las prerrogativas que con suma liberalidad le había concedido. Y si esta suma liberalidad y plena armonía de gracia fue siempre reconocida, y cada vez mejor penetrada por la Iglesia en el curso de los siglos, en nuestro tiempo ha sido puesta a mayor luz el privilegio de la Asunción corporal al cielo de la Virgen Madre de Dios, María (Munificentissimus Deus, 3).
- ¿Qué significa, en realidad, la Asunción de María?
Significa que todos, como María, tenemos la posibilidad de ser glorificados: la condición humana es digna de ser asumida, o asunta, en la cercanía de Dios, porque hemos sido creados a su imagen y semejanza (cf. Gn 1,26).
El munificentísimo Dios, que todo lo puede y cuyos planes providentes están hechos con sabiduría y amor, compensa en sus inescrutables designios, tanto en la vida de los pueblos como en la de los individuos, los dolores y las alegrías para que, por caminos diversos y de diversas maneras, todo coopere al bien de aquellos que le aman (cfr. Rom 8, 28). (Munificentissimus Deus, 1).
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.
[1] AQUILINO DE PEDRO, Diccionario de términos religiosos y afines, ed. Verbo Divino/Paulinas, p. 79.
