Pedro, apóstol de Jesucristo… (1Pe 1,1) y Pablo, apóstol de Cristo Jesús por voluntad de Dios… (2Cor 1,1). Dos personajes que se convirtieron en los pilares del cristianismo y que son, para nosotros hoy, símbolo que sostiene y unifica a toda la cristiandad, en sus múltiples expresiones de eclesialidad. Ambos comparten el mismo ideal porque son conscientes de su apostolicidad y de la misión que, de parte del Señor, se les ha encomendado. Dos personalidades diferentes que confluyen en la predicación del evangelio y en dar testimonio de Jesucristo resucitado.
Pablo, un discípulo arrollador, tenaz, incansable; siempre con una palabra para cada circunstancia, jamás se quedó callado, pero nunca habló por propia cuenta. Asumió su misión hasta lo más profundo de sí mismo, a tal punto, que no puedo evitar una transformación total de su vida: ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí (Ga 2,20).
Pedro, un hombre atrabancado, atrevido, aunque a veces cobarde, no es arrollador como Pablo porque es un hombre sencillo, pero no menos importante; el Maestro le pide ser líder y cabeza de la comunidad; piedra fundamental de lo que estaría por venir: Pues yo te digo que tú eres Pedro y sobre esta piedra construiré mi Iglesia… (Mt 16,18). “Sobre esta piedra”, es decir, Jesús confía la grandeza del evangelio y de la predicación en la condición humana de Pedro, confirmando, así, que Dios se fija y confía en la gente sencilla (Mt 11,25).
Ofrezco, a continuación, la visión de dos biblistas que han logrado ofrecernos un análisis de cada uno de los apóstoles, su persona y su importancia en la tradición cristiana.
¿Quién es Pedro?
Pedro figura entre los primeros discípulos históricos de Jesús, es decir, forma parte de aquel grupo de hombres adultos que condividen el destino y el estilo de vida del Maestro, en una actividad itinerante por los pueblos de Galilea y en las peregrinaciones festivas a Jerusalén. El dato común de inicio para reconstruir la imagen evangélica de Pedro es la llamada, concordemente testificada por los tres sinópticos y en parte por la tradición joánica. La vocación de Pedro forma parte de la escena de la llamada de los primeros cuatro discípulos, constituida por dos parejas de hermanos: por una parte Pedro y Andrés y por otra Santiago y Juan. Todos ellos son pescadores del lago de Galilea. La iniciativa es de Jesús, quien con una palabra de autoridad los invita a condividir su destino de Mesías, abanderado del reino de Dios. De hecho, el episodio se coloca inmediatamente después de la presentación de la actividad inaugural de Jesús, que anuncia la cercanía de reino de Dios (Mc 1,15): “Caminando junto al lago de Galilea, vio a Simón Pedro y a su hermano Andrés, que echaban las redes al lago, pues eran pescadores. Jesús les dijo: Vengan conmigo y los haré pescadores de hombres. Inmediatamente, dejando las redes, le siguieron” (Mc 1,16-18). A la palabra de Jesús, que los saca de su actividad cotidiana, proponiendo la nueva misión con el etilo y la autoridad de Dios que llama a los profetas, sigue la respuesta de los dos hermanos que deciden seguir a Jesús (Mt 4,18-22).
El tercer evangelista, Lucas, reporta la llamada de Pedro en un contexto de pesca prodigiosa. Confiándose en la palabra de Jesús, Simón Pedro y sus compañeros tiran las redes al mar y las retiran llenas de pescados. El gesto anticipa proféticamente la misión de los discípulos de Jesús. Sigue a esto la reacción de Pedro, como en las teofanías bíblicas, y la palabra de Jesús que concuerda, sustancialmente, con aquella de los otros dos sinópticos (LC 5,1-11; cf. Jn 21,1-6).
Esta posición preminente de Pedro, que sobresale por iniciativa de Jesús, aparece también en la lista de los doce discípulos que representan el núcleo simbólico del nuevo pueblo de Dios. El rol primario de Pedro se resalta en términos explicitados por el primer evangelista, Mateo: “los nombres de los doce apóstoles son: primero (gr. prótos), Simone llamado Pedro y su hermano Andrés…” (Mt 10,2; cf. Mc 3,13-19 par.; Hch 1,13). Entonces, por iniciativa de Jesús, que ha constituido en torno a su persona y a su actividad un grupo de discípulos, Pedro es asociado a la misión de Jesús con un puesto de primer nivel (Rinaldo Fabris).
¿Quién es Pablo?
La importancia fundamental de Pablo y de su espiritualidad radica en la posición fundamental que le corresponde en el nuevo testamento, entre cuyos escritores se sitúa no sólo como el primero cronológicamente, sino también como el más fecundo. Fue, a la vez, el más activo de los apóstoles, el más inquieto y, ya desde entonces, el más conocido de todos. Fue el más docto del colegio apostólico y el más experto en las Escrituras sagradas. Con orígenes no solamente judíos, sino judeo-helenistas, unió en sí mismo los dos mundos religiosos de la época. Entre los seguidores de Cristo, fue el más inesperado e inimaginable, ya que en la primera fase de su vida había sido su acérrimo perseguidor. Llamado directamente al apostolado por el Cristo resucitado que lo había enviado a la evangelización de los paganos, representó en la Iglesia de los comienzos (y sigue representando todavía) aquella ala de apertura y también de ruptura que se reconoce en la dirección que viene de arriba, en la “revelación” y en el “carisma” que apela al Espíritu más que a la institución y a la tradición con las que, sin embargo, se muestra deferente y reverente, como atestiguan muy bien sus escritos y, dentro de ellos, las notas autobiográficas.
Israelita cabal, pero que vive de Cristo y para Cristo, acoge y desarrolla su misión como un mandato concreto: “una necesidad”. “Sus” cristianos no son más que “de Cristo” -como él mismo-, mientras que “Cristo”, con él y con los cristianos, es “de Dios”. Por tanto, es impropia aquella distinción, a menudo establecida por los autores, entre la espiritualidad del apóstol, la de sus cristianos y… la de los cristianos de todos los tiempos. Aun desechando todo maximalismo, pensamos que normalmente, salvo claras indicaciones en los textos, Pablo vive se propia espiritualidad en términos no tan estrictamente personales como más bien apostólicos y generalmente eclesiales. Su vida privada es… la apostólica, y ésta es la de Cristo en él y en los cristianos (Lorenzo De Lorenzi).
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.
