LA NOCHE QUE IBA A SER ENTREGADO…
- 1Cor 11,17-33
Si la eucaristía hace la Iglesia, también es verdad que la Iglesia hace la eucaristía: la palabra no se proclama si no hay quien la anuncie (cf. Rm 10,14-15) y el memorial no se celebra si no hay quien lo haga para obedecer el mandato del Señor (Mns. Bruno Forte).
Qué representa para nosotros realmente la Eucaristía, que nació en aquella noche de Pascua, en torno a una mesa, donde Jesús cenaba con sus discípulos y compartía con ellos el pan, la palabra, algunas enseñanzas y el mandato, si así lo queremos ver, de celebrar y recordar su muerte redentora cada vez que, juntos, compartimos y comemos el pan, y bebemos el cáliz… (cf. v. 26)
Los cuatro versículos (23-26) que narran, de manera sucinta, la institución de la eucaristía, y que la tradición nos ha transmitido así, están inscritos en un contexto de excesos y carencias; extremos opuestos al ideal cristiano de fraternidad, caridad y misericordia que se iba fraguando, poco a poco, en las primeras comunidades de los seguidores y que Pablo no duda en denunciar.
Por un lado, los excesos de la opulencia, el desenfreno y la desmesura (cf. vv. 18-22) que desvirtuaban el gesto de compartir el mismo pan como miembros de un mismo cuerpo (una sola comunidad). Por otro lado, las carencias que los excesos provocaban, dejando en el desamparo a los pobres, los enfermos y los débiles, provocándoles, incluso, la muerte (cf. v. 30).
Pablo inicia su reflexión increpando a los de Corinto: Siguiendo con mis advertencias, hay algo que no alabo: que sus reuniones traen más perjuicio que beneficio (v. 17).
El análisis exegético de Luis. A. Schökel nos ayuda a comprender de mejor manera esta situación y redimensionar, desde nuestro contexto, el sentido fundamental de la Eucaristía:
La «cena del Señor» o eucaristía solía celebrarse al atardecer en las casas privadas –no había iglesias aún– de los más ricos de la comunidad, las únicas que tenían capacidad para acoger a 50 ó 60 personas. Antes de comenzar la «cena del Señor» propiamente dicha, se tenía una comida de hermandad a la cual los pudientes traían sus provisiones que supuestamente tenían que ser compartidas entre todos. Sin esperar a que llegaran los más necesitados y rezagados que solían ser los trabajadores y esclavos a causa de su larga jornada de trabajo, los ricos comían y bebían a sus anchas, de modo que cuando llegaban los pobres, a éstos les tocaba las sobras, si es que algo sobraba. Inmediatamente después, ricos y pobres, los unos satisfechos y hasta borrachos y los otros medio hambrientos, procedían a celebrar la eucaristía.
Al saberlo, Pablo estalla lleno de indignación. ¿Hasta ese extremo llegan las divisiones entre los ricos y pobres de la comunidad? ¿Qué clase de eucaristía celebran ustedes?, viene a decir el Apóstol a aquellos ricos. Para comer y emborracharse, coman y emborráchense en sus casas. Hacerlo donde lo hacen menosprecian la Asamblea de Dios y avergüenzan a los que nada poseen (v. 22) y que son supuestamente hermanos y hermanas suyos.
La comida de hermandad se tenía antes y estaba íntimamente ligada al sentido mismo de la eucaristía, es decir la unión y solidaridad.
Pablo sitúa la celebración eucarística entre dos horizontes, ambos referidos a Jesús. Uno histórico: «la noche que era entregado» (23). Otro, futuro: «hasta que vuelva» (26). Entre ambos horizontes trascurre el «aquí y ahora» de la vida y misión de la comunidad cristiana que tiene su corazón y su centro en la Eucaristía. El pan y el vino consagrados recuerdan, actualizan, hacen presente en el seno de la comunidad «la memoria de Jesús», es decir, toda su vida entregada a los pobres, los marginados y pecadores que culmina con la muerte en la cruz y la resurrección. Ahora bien, esta «memoria de Jesús», a través de la invocación y presencia del Espíritu Santo, libera, transforma y salva, pues «siempre que coman este pan y beban esta copa, proclamarán la muerte del Señor hasta que vuelva» (26). Así, el «cuerpo eucarístico» de Jesús no es ya solamente su cuerpo muerto y resucitado, presente en el pan y en el vino, sino que abarca a toda la comunidad de creyentes que queda transformada en el «cuerpo de Cristo» según la metáfora favorita de Pablo para referirse a la comunidad cristiana.[1]
De la eucaristía surgen la misión de la Iglesia y el sentido más profundo y radical del ser del cristiano: pertenecer al «cuerpo» de Aquel que dio su vida por la liberación de todos en una clara opción por los más desprotegidos y marginados de la sociedad (L. A. Schökel), nos compromete, por el hecho de celebrar el memorial de su muerte, compartir el mismo pan y el mismo cáliz, a trabajar por la justicia, la libertad y el bienestar de todos.
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.
[1] Schökel, L. A. (), La Biblia de Nuestro Pueblo, comentario a 1 Cor 11,17-33.
