Un acontecimiento breve en la narrativa de los evangelios, pero profundamente significativo para comprender a fondo el acontecimiento salvífico y redentor; es el paso definitivo que los detractores de Jesús dan para llevarlo hacia la muerte y concretarla en la cruz.
Comienza, de hecho, durante la cena de Pascua, la Cena del Señor, y, pasando por la oración en Getsemaní (Lc 22,7-23,32; Mc 14,12-15,20; Mt 26, 26-27,31; Jn 13, 1-19,16), se prolonga con la aprehensión, fruto de la traición de Judas, el traslado, el juicio (o los juicios), los azotes, la condena, hasta concluir con la crucifixión (Lc 23, 33-43; Mt 27-35-38; Mc 15,24-28; Jn 19,17-24).
Es indispensable resaltar que este acontecimiento, en la lógica de los evangelios, evita lo que pudo ser una ejecución inmediata y, por tanto, una muerte sin sentido. De ese modo, no podríamos comprender con claridad la insistencia del mismo Jesús de que antes tendrían que cumplirse las Escrituras y llevar a término el proyecto que el Padre le había encomendado (Mt 26,24; 54; Jn 19,28).
La pasión debe leerse en sentido pasivo: es Jesús quien la padece. No la busca arbitrariamente ni la antepone a su misión; simplemente, la acepta y la asume como consecuencia inevitables de su compromiso con el proyecto del Reino y su fidelidad a la Voluntad del Padre (Lc 22,42).
La pasión es una paradoja, porque en ella llegan a término dos proyectos, opuestos definitivamente entre sí: el del Padre -cumplir de su Voluntad-, y el otro proyecto, o un contra-proyectoque va en sentido opuesto de la voluntad de Dios: el de aquellos que buscan y quieren matar a Jesús.
En la pasión se concreta un proyecto de muerte (Lc 22,1-6); el proyecto de los que tenían miedo(Lc 22,2). ¿Miedo a qué?: a romper con una tradición añeja, en la que tenían puestas sus seguridades y sus privilegios, pero nunca había representado la Voluntad de Dios.
‹‹Padre, tú lo puedes todo…››, dice manifestando su esperanza en una intervención de Dios que cambie el rumbo de la historia que Jesús mismo ha ido haciendo con sus decisiones. Pero va descubriendo que el Padre no puede nada contra la decisión del hombre y su violencia. No es el Dios todopoderoso en el que creen los romanos y los griegos, cuya voluntad se impone por encima de la de hombres y dioses, sino el Papá-Dios que sólo sabe ofrecerse como amor desvalido, expuesto a ser rechazado en su amor mismo. Así es su modo de estar en la historia: ha decidido respetar la libertad de los hombres incluso si deciden matarle a su hijo; ha decidido no ahorrarle (ni ahorrarse) nada de las consecuencias de su decisión de ser fiel hasta el final.
Y Jesús asume en ese momento que no puede ni huir siempre, ni huir para siempre; sería desautorizar todo lo que ha creído y predicado acerca de Dios y del Reino; sería decir que no vale tanto como para jugarse la vida por él. Ve que resistir con la fuerza confirmaría el círculo diabólico de la violencia del más fuerte. Y comprende que la voluntad de Papá-Dios no es que lo maten, sino que no responda con violencia ni con huida. Por eso debe morir: por la decisión homicida de los piadosos de su tiempo.
Y decide fiarse de su Padre; acepta no saber ni el cuándo ni el cómo del Reino. El ‹‹Tú lo puedes todo›› implica para Jesús en ese momento una confesión implícita: ‹‹Yo no puedo ya nada››; es la experiencia humana de los límites. Y por eso concluye: ‹‹Que las cosas sean a tu modo, no como yo quiero››.
Y el Padre decide fiarse de Jesús su Hijo: no se refugia en la futura resurrección para adormecer el dolor del sin sentido de la muerte; no vacía su sufrimiento en un ‹‹al fin y al cabo resucitará››; agota el cáliz de no poder gritarle al Hijo su cercanía, de no poder decirle que oye su clamor, de no poder frenar la violencia que los hombres decidieron ejercer sobre su Hijo; se arriesga a que no entienda su silencio, pero se fía de su hijo y se calla, para ser fiel a su modo de ser en la historia: en respeto a la libertad, en amor que se ofrece, no en fuerza que se impone (Carlos Bravo, SJ, Galilea año 30).
En la Pasión encontramos al Jesús que habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo (Jn 13,1) y que, en el último momento, nos dice también a nosotros en un gesto profundamente humano: ¡Tengo sed! (Jn 19,28).
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

Gran reflexión, gracias!
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