ESPECIAL DE SEMANA SANTA
SEMANA SANTA: EL CAMINO DEL CREYENTE
La Semana Santa, que es una pausa en la vida de la gente (creyente o no creyente) y también en muchos ámbitos de la dinámica social (laboral, económico, político, comercial, educativo…), corre el riesgo de quedarse así -tal vez como hasta ahora ha sido-, como un tiempo de descanso (bien merecido, por cierto), pero no como un tiempo fuerte y profundo, anclado al sentido epistemológico y espiritual que lo cualifica: Semana santa.
Existe otro riesgo, alimentado por los propios creyentes (no todos), que aun siendo fieles a la tradición y las prácticas religiosas, hacen de la Semana Santa un “espectáculo” de ritos y celebraciones, donde participan como meros espectadores y “acreedores” de gestos comunes, que pierden sentido cuando se les adjudica, premeditadamente, un “valor” mágico, o milagrero, y no se viven como expresión fehaciente del seguimiento del Señor y adhesión a su proyecto. Son manifestaciones multitudinarias y no testimonio de una comunidad que cree y espera.
Todo radica en el amor y el modo cómo hacemos de él, no sólo un mandato, sino una forma de vida; pero, sobre todo, cómo nos dejamos transformar por él. Así, la Semana Santa, debería significar un reencuentro con el amor y con aquel con nos enseña a amar hasta el extremo.
El Papa Francisco, durante la homilía del Domingo de Ramos (abril 10 de 2022), nos recuerda, precisamente, que el amor está más allá y por encima de todo criterio humano; un amor que rompe con el egoísmo y se contrapone al ensimismamiento y la autoreferencialidad: ¡Sálvate a ti mismo! Lc 23,35.37 y 39)
Salvarse a sí mismo, cuidarse a sí mismo, pensar en sí mismo; no en los demás, sino solamente en la propia salud, en el propio éxito, en los propios intereses; en el tener, en el poder, en la apariencia. Sálvate a ti mismo: es el estribillo de la humanidad que ha crucificado al Señor. Reflexionemos sobre esto.
Sta. Ma. Eugenia Millerete, contemplando a Jesús crucificado, solía decir: Mirándote, se aprende a amar. Aprender a amar y no a vivir crucificados, ni mucho menos a crucificar. El Papa nos pone en la misma línea de reflexión: Contemplemos a Jesús en la cruz y comprendamos que nunca hemos recibido un abrazo más amoroso. Contemplemos al Crucificado y digamos: “Gracias, Jesús, me amas y me perdonas siempre, aun cuando a mí me cuesta amarme y perdonarme”.
Jesús perdona porque ama, y la muerte en cruz resalta esta doble significación: es un gesto de amor, como primera cosa, y, en consecuencia, un gesto de perdón incondicional, que supera el odio y la venganza: Padre, perdónalos… (Lc 23,34)
Hoy Jesús nos enseña a no quedarnos ahí, sino a reaccionar, a romper el círculo vicioso del mal y de las quejas, a responder a los clavos de la vida con el amor y a los golpes del odio con la caricia del perdón.
La Semana Santa es un tiempo propicio para reflexionar en torno a nuestras opciones de vida, para medir el talante de nuestro seguimiento y ahondar los alcances de nuestro amor. Es tiempo para dejarnos cuestionar porque, en ocasiones, tampoco nosotros sabemos lo que hacemos y nos dejamos invadir por esa ignorancia del corazón, de la que habla el Papa, que provoca un caminar opuesto al del evangelio y carente de amor:
Cuando se usa la violencia ya no se sabe nada de Dios, que es Padre, ni tampoco de los demás, que son hermanos. Se nos olvida por qué estamos en el mundo y llegamos a cometer crueldades absurdas. Lo vemos en la locura de la guerra, donde se vuelve a crucificar a Cristo. Sí, Cristo es clavado en la cruz una vez más en las madres que lloran la muerte injusta de los maridos y de los hijos. Es crucificado en los refugiados que huyen de las bombas con los niños en brazos. Es crucificado en los ancianos que son abandonados a la muerte, en los jóvenes privados de futuro, en los soldados enviados a matar a sus hermanos. Cristo es crucificado allí, hoy.
Les he dado ejemplo, para que lo que yo he hecho con ustedes, también ustedes lo hagan (Jn 13,15)
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.
